EMOCIÓN EN EL PARALELO 34
Se vive con emoción esta guerra para conocer
los armamentos y la estrategia que emplean ambos ejércitos
para afrontar el combate. Los unos cargados de bombas, los otros
sólo de fe y adrenalina. Los de aquí haciendo
gala de una enorme maquinaria bélica con Rangers, Delta
Force y otros grupos especiales equipados hasta los dientes,
con misiles Tomahawk y comboys kilométricos que se desplazan
por el desierto acarreando cientos de blindados, amparados por
infinidad de camiones llenos de suministros y protegidos desde
el aire con modernos helicópteros Black Hawk, Chinoock
y aviones de ultimísima generación. Los de allí
empleando las más variadas tretas y escaramuzas, que
intentan compensar su completa carencia de armamento con una
buena dosis de ingenio e imaginación, acosando por sorpresa
en lugares inesperados, utilizando escudos humanos, enviando
mártires fedayines a explotar sus bombas entre el ejercito
enemigo, llenando las televisiones de informaciones imprecisas,
de noticias erróneas preparadas para el despiste, de
discursos patrióticos y declaraciones victoriosas incitando
a la venganza, de demostraciones pazguatas, en las que una muchedumbre
alborozada enseña carros de combate destruidos y helicópteros
derribados.
Se vive con emoción esta guerra para asistir
al posible descubrimiento de armas químicas, pruebas
que aún no son más que indicios, que no acaban
de ser concluyentes, ni aclaratorias, ni exhaustivas, pero sostienen
el interés de la audiencia y mantienen el suspense. Si
es así, si verdaderamente existen, y se descubren o si
son utilizadas, el triunfo de los americanos estaría
entonces avalado y la maldad del enemigo demostrada, pero si
no, Sadam aparecería ante los ojos del mundo como una
víctima del imperio, un mártir al que habrá
que vengar y que permanecerá durante años, encendiendo
la conciencia del pueblo árabe.
Se vive con emoción esta guerra para contemplar
la rendición de cientos y miles de soldados que se postran
ante el invasor de una manera humillante; se vive con emoción
el terror de sus caras, la angustia de sus miradas, la rabia
y la impotencia de sus gestos, la desesperación de sus
palabras, y el público se llena de emoción ante
el gesto inaudito de algunos marines americanos que logran contagiar
a la audiencia con una fingida ternura llena de hipocresía.
Se vive con emoción las bajas que registran ambos ejércitos,
la aparición de más y más cadáveres
destrozados y sangrientos, de ancianos mutilados, de niños
abrasados, de hospitales empobrecidos, atiborrados de heridos
y enfermos, y se vive con emoción como suben las cifras
de los muertos.
Se vive con emoción esta guerra para ver
la aparición televisada de nuevos sucesos que aporten
intriga e interés al drama. Una militar rescatada en
un alarde de estrategia bélica, una embarazada que salta
por los aires con su propia bomba, niños mutilados en
los hospitales, emboscadas, rendiciones, la disputa por el apresamiento
de soldados americanos para obtener supuestas recompensas, prisioneros
encapuchados, víctimas de fuego amigo, asaltos con visores
nocturnos, el uso de bombas de racimo que mutilan, abrasan y
destruyen cientos de brazos y piernas inocentes, mercados llenos
de civiles bombardeados, multitudes peleándose entre
si por un poco de agua y comida en un abastecimiento humanitario
claramente escaso, pérfido y propagandístico.
Se vive con emoción esta guerra para contemplar
el destino final de este líder mediático y enigmático
que se oculta tras un sinfín de dobles. Sobre él
han recaído las más variadas sospechas y las más
terribles amenazas. De él se dice que preside el imperio
satánico, y que todo el eje del mal del mundo gira en
torno a su eminente cabeza. Saber si está o no ya muerto,
si ha huído, o desaparecido o se encuentra recluído
en algún bunker secreto, desde el que esté organizando
aún la resistencia, es la parte alícuota del suspense
que hace que los ojos sigan suspendidos ante la pantalla, esperando
ver como se resuelve el enigma. Se vive con morbosa emoción
el saber hasta donde llegan sus límites y fronteras morales.
Se vive con emoción esta guerra para ver
el asalto final a las calles de Bagdad, y la llegada victoriosa
y cinematográfica del séptimo de caballería
que se espera sea recibida con pancartas y banderines. Se ansía
conocer la forma, el modo, la secuencia, el ritmo con el se
acometerá esa definitiva batalla, la toma de una ciudad
de más de cinco millones de habitantes que huyen desconcertados,
despavoridos, aterrorizados ante una guerra injusta y despiadada
y ante el horror que se avecina que se huele y se intuye en
el humo que inunda de sombra las calles, y en el hedor a cadáver
que preside cada esquina. Se vive con perversa emoción
una guerra cruenta, brutal, mezquina, grotesca, pueril, absurda
y repugnante, programada desde sus inicios como una gran mentira
espectacular y mediática, que sólo ataca a un
pueblo humilde, hospitalario y generoso y a un país milenario
que fue el albor de toda la cultura, de la escritura, la agricultura,
la literatura, la astronomía, las matemáticas…y
de toda la sabiduría que luego se extendió por
el mundo.
Se vive con emoción esta guerra probablemente
en gran parte de los hogares americanos, y en algunos europeos
y unos pocos asiáticos, devorando obscenamente cartuchos
de palomitas mientras crecen los cadáveres y estallando
fogosamente las anillas de las latas de coca cola, al son del
crepitar de las bombas, dejando a la conciencia que dormite
mientras se concibe el mundo como un gran tablero de juego donde
los gobiernos se quitan y se ponen, y las guerras empiezan y
se acaban en países que ni se conocen; mientras se concibe
el mundo como un gran supermercado lleno de Mac Donals, donde
todo se compra y todo se vende y todo se convierte en una pura
mercancía.
Se vive con emoción esta guerra y si ésta
estulticia llega un día a propagarse, como un virus nocivo,
a todos los hogares del planeta, entonces Bush y sus generales
habrán ganado la madre de todas las batallas, la más
sutil y la más dañina, la que acaba por inocular
una ignorancia supina, en todos los corazones del mundo.
Javier Ruiz Núñez