IDEAL Granada 2003  

 

EMOCIÓN EN EL PARALELO 34

Se vive con emoción esta guerra para conocer los armamentos y la estrategia que emplean ambos ejércitos para afrontar el combate. Los unos cargados de bombas, los otros sólo de fe y adrenalina. Los de aquí haciendo gala de una enorme maquinaria bélica con Rangers, Delta Force y otros grupos especiales equipados hasta los dientes, con misiles Tomahawk y comboys kilométricos que se desplazan por el desierto acarreando cientos de blindados, amparados por infinidad de camiones llenos de suministros y protegidos desde el aire con modernos helicópteros Black Hawk, Chinoock y aviones de ultimísima generación. Los de allí empleando las más variadas tretas y escaramuzas, que intentan compensar su completa carencia de armamento con una buena dosis de ingenio e imaginación, acosando por sorpresa en lugares inesperados, utilizando escudos humanos, enviando mártires fedayines a explotar sus bombas entre el ejercito enemigo, llenando las televisiones de informaciones imprecisas, de noticias erróneas preparadas para el despiste, de discursos patrióticos y declaraciones victoriosas incitando a la venganza, de demostraciones pazguatas, en las que una muchedumbre alborozada enseña carros de combate destruidos y helicópteros derribados.

Se vive con emoción esta guerra para asistir al posible descubrimiento de armas químicas, pruebas que aún no son más que indicios, que no acaban de ser concluyentes, ni aclaratorias, ni exhaustivas, pero sostienen el interés de la audiencia y mantienen el suspense. Si es así, si verdaderamente existen, y se descubren o si son utilizadas, el triunfo de los americanos estaría entonces avalado y la maldad del enemigo demostrada, pero si no, Sadam aparecería ante los ojos del mundo como una víctima del imperio, un mártir al que habrá que vengar y que permanecerá durante años, encendiendo la conciencia del pueblo árabe.

Se vive con emoción esta guerra para contemplar la rendición de cientos y miles de soldados que se postran ante el invasor de una manera humillante; se vive con emoción el terror de sus caras, la angustia de sus miradas, la rabia y la impotencia de sus gestos, la desesperación de sus palabras, y el público se llena de emoción ante el gesto inaudito de algunos marines americanos que logran contagiar a la audiencia con una fingida ternura llena de hipocresía. Se vive con emoción las bajas que registran ambos ejércitos, la aparición de más y más cadáveres destrozados y sangrientos, de ancianos mutilados, de niños abrasados, de hospitales empobrecidos, atiborrados de heridos y enfermos, y se vive con emoción como suben las cifras de los muertos.

Se vive con emoción esta guerra para ver la aparición televisada de nuevos sucesos que aporten intriga e interés al drama. Una militar rescatada en un alarde de estrategia bélica, una embarazada que salta por los aires con su propia bomba, niños mutilados en los hospitales, emboscadas, rendiciones, la disputa por el apresamiento de soldados americanos para obtener supuestas recompensas, prisioneros encapuchados, víctimas de fuego amigo, asaltos con visores nocturnos, el uso de bombas de racimo que mutilan, abrasan y destruyen cientos de brazos y piernas inocentes, mercados llenos de civiles bombardeados, multitudes peleándose entre si por un poco de agua y comida en un abastecimiento humanitario claramente escaso, pérfido y propagandístico.

Se vive con emoción esta guerra para contemplar el destino final de este líder mediático y enigmático que se oculta tras un sinfín de dobles. Sobre él han recaído las más variadas sospechas y las más terribles amenazas. De él se dice que preside el imperio satánico, y que todo el eje del mal del mundo gira en torno a su eminente cabeza. Saber si está o no ya muerto, si ha huído, o desaparecido o se encuentra recluído en algún bunker secreto, desde el que esté organizando aún la resistencia, es la parte alícuota del suspense que hace que los ojos sigan suspendidos ante la pantalla, esperando ver como se resuelve el enigma. Se vive con morbosa emoción el saber hasta donde llegan sus límites y fronteras morales.

Se vive con emoción esta guerra para ver el asalto final a las calles de Bagdad, y la llegada victoriosa y cinematográfica del séptimo de caballería que se espera sea recibida con pancartas y banderines. Se ansía conocer la forma, el modo, la secuencia, el ritmo con el se acometerá esa definitiva batalla, la toma de una ciudad de más de cinco millones de habitantes que huyen desconcertados, despavoridos, aterrorizados ante una guerra injusta y despiadada y ante el horror que se avecina que se huele y se intuye en el humo que inunda de sombra las calles, y en el hedor a cadáver que preside cada esquina. Se vive con perversa emoción una guerra cruenta, brutal, mezquina, grotesca, pueril, absurda y repugnante, programada desde sus inicios como una gran mentira espectacular y mediática, que sólo ataca a un pueblo humilde, hospitalario y generoso y a un país milenario que fue el albor de toda la cultura, de la escritura, la agricultura, la literatura, la astronomía, las matemáticas…y de toda la sabiduría que luego se extendió por el mundo.

Se vive con emoción esta guerra probablemente en gran parte de los hogares americanos, y en algunos europeos y unos pocos asiáticos, devorando obscenamente cartuchos de palomitas mientras crecen los cadáveres y estallando fogosamente las anillas de las latas de coca cola, al son del crepitar de las bombas, dejando a la conciencia que dormite mientras se concibe el mundo como un gran tablero de juego donde los gobiernos se quitan y se ponen, y las guerras empiezan y se acaban en países que ni se conocen; mientras se concibe el mundo como un gran supermercado lleno de Mac Donals, donde todo se compra y todo se vende y todo se convierte en una pura mercancía.

Se vive con emoción esta guerra y si ésta estulticia llega un día a propagarse, como un virus nocivo, a todos los hogares del planeta, entonces Bush y sus generales habrán ganado la madre de todas las batallas, la más sutil y la más dañina, la que acaba por inocular una ignorancia supina, en todos los corazones del mundo.

 

Javier Ruiz Núñez

 

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