El libro infinito
“Como todos los
hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado
en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos…
un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los
demás”. El universo, es para Borges, como una Biblioteca
interminable, cuyos infinitos volúmenes recogieran toda
la ciencia y el conocimiento acumulado durante siglos, todos
los saberes e invenciones humanas, todas las definiciones y
explicaciones, todas las historias y narraciones. Una Biblioteca
que reuniera las epopeyas de civilizaciones actuales y pasadas,
sus sueños y aspiraciones, sus placeres y alborozos,
sus angustias y turbaciones. La labor de los hombres seria la
de encontrar, entre los cientos y miles de volúmenes
enigmáticos de la Biblioteca, ese volumen total, suma
perfecta del conocimiento existente.
Puede que un equipo de jóvenes investigadores
californianos hayan encontrado ese sustancioso volumen del que
hablaba Borges, pero no en los pasillos y anaqueles de la biblioteca
sino bajo las paredes del Media Lab del Massachusetts Institute
of Technology (MIT). Se trata de un invento impulsado por el
investigador Joe Jacobson, un gran amante de los libros. El
volumen, cuidadosamente encuadernado en piel, alberga unas páginas
con aspecto y textura similar al papel, que son en realidad
finas superficies electrónicas por las que fluyen millones
de “bites” a la velocidad de la luz, formando, palabras,
frases, párrafos, capítulos, discursos y novelas
enteras. Una especie de “tinta electrónica”
es la responsable de este prodigio técnico que hace que
los caracteres tipográficos aparezcan y desaparezcan
por las hojas a las órdenes del perplejo lector. Esta
tinta está constituida por minúsculas esferas
de 4 micras de diámetro (0,40 mm), mitad blancas y mitad
negras, que se orientan electrónicamente por la superficie
de la página obteniendo un efecto similar a la letra
impresa. Una letra cualquiera del alfabeto estaría formada
por cientos de partículas de este tipo. Conectadas las
páginas a través de finos hilos eléctricos
a un microprocesador incorporado a las pastas, el lector podrá
escoger cualquier obra y la tinta electrónica fluirá
por las hojas en segundos para hacerla aparecer ante sus atónitos
ojos.
Este cibervolumen ha sido desarrollado con vistas
a la comercialización bajo la financiación del
Things That Think Consortium, una fundación que agrupa
más de 30 compañías entre las que se encuentran
Compaq y Microsoft. Sus creadores vaticinan que podría
llegar a contener hasta 20.000 obras diferentes. El tiempo en
“cargar” una novela como Moby Dick, rondaría
el minuto. El libro podría también enchufarse
a internet y acceder a un infinito número de títulos.
Narración, ensayo, poesía, ciencia ficción…
enciclopedias, diccionarios, guías, tratados, manuales,
compendios…, podrían estar accesibles con tan sólo
pulsar un botón del índice de este portentoso
invento. Un libro que podemos llevar a cualquier parte, leer
sentados en el banco de un parque o torrados al sol en la arena
de la playa. A las puertas del siglo XXI y en una ocasión
en que instituciones y libreros nos recuerdan la importancia
de la lectura, un artilugio digital como este destinado al lector,
merece ser tenido en cuenta.
El libro, es una invención con más
de 18 siglos de existencia. Supone la fijación de texto
escrito (manuscrito o impreso) para su conservación y
una importante capacidad de almacenamiento gracias a la encuadernación.
Tiene su origen en el “codex” (códice), una
técnica para almacenar los mensajes escritos en grandes
hojas de pergamino o papel, plegadas varias veces y cosidas
entre dos tapas. El libro es un objeto cómodo y manejable:
se puede llevar a cualquier parte, asir, tocar, abrir, hojear…
Es tambien un artilugio interactivo: se puede subrayar, doblar
las hojas, colocar marcas y señaladores, insertar escritos…
Tambien permite una gran movilidad. Se dice que el libro tuvo
una función decisiva entre los pueblos nómadas.
Los hebreos fijaron su espacio simbólico en las escrituras,
encontrando en el libro un objeto práctico para llevar
tras de sí aquella sabiduría, en su peregrinación
por el Mar Rojo.
La tecnología digital surge gracias a
un modo de interpretar y medir los flujos de información
como un discurrir de dos alternativas, el 1 y el 0, el Si y
el No, la ausencia o la presencia de impulso. Un sistema de
codificación binario mediante el cual cualquier mensaje
o información puede traducirse en un código numérico
de tal manera que su gestión y procesado sea más
rápido y eficaz. Rapidez, versatilidad, accesibilidad,
capacidad de almacenamiento, son algunas de las ventajas que
caracterizan los sistemas digitales. La tecnologías que
alcanzan un mayor éxito son aquellas que una vez implantadas
llegan a pasar desapercibidas. Igual que relojes, radios o maquinas
fotográficas actuales siguen cumpliendo la misma función
que sus hermanas mecánicas de antaño, pero con
la tecnología digital se han hecho mucho más potentes,
también los libros pueden empezar a experimentar el paso
de lo analógico a lo digital. El gran acierto del proyecto
del MIT es insertar la tecnología digital en el interior
de este extraordinario objeto que ha acompañado a los
hombres durante miles de años, de tal manera que llegue
a hacerse invisible. Si consigue que su prototipo acabe llegando
a nuestras casas, estaríamos ante un verdadero prodigio
cultural. Un libro, pequeño y manejable, apetecible al
tacto, que aloja, en sus finitas páginas una biblioteca
infinita.
Cuenta Borges como en cierta ocasión compró
a un vendedor de Biblias un libro al que denominaba El Libro
de Arena, un libro extraño y desconcertante con un número
de páginas infinito. Ese libro como la arena no tenía
principio ni fin. Con 76 años, anciano y cansado, lo
abandonó en uno de los tantos estantes de la Biblioteca.
En ese inescrutable bosque de laberintos y metáforas
que es la literatura de Borges quizás se encuentre un
cierre, una salida, un retorno. Al final de sus días,
por azar, ciego y asustado, alcanzó lo que 30 años
antes había buscado tan afanosamente en esa biblioteca
interminable, el Libro de los Libros. Pero ya no estaba preparado
para recibir sus misterios.
Este nuevo invento del MIT es algo tan portentoso
como inquietante. Un libro por el que capaz de incluir toda
la literatura universal. Homero, Virgilio, Camoes, Dante, Bocaccio,
Cervantes, Shakespeare o Joice estarían en un instante
junto a nosotros con tan sólo convocar su presencia.
Una obra descomunal. Un libro inacabable, inabarcable, infinito.
Javier Ruiz Núñez