IDEAL Granada 2002  

 

El libro infinito

“Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos… un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás”. El universo, es para Borges, como una Biblioteca interminable, cuyos infinitos volúmenes recogieran toda la ciencia y el conocimiento acumulado durante siglos, todos los saberes e invenciones humanas, todas las definiciones y explicaciones, todas las historias y narraciones. Una Biblioteca que reuniera las epopeyas de civilizaciones actuales y pasadas, sus sueños y aspiraciones, sus placeres y alborozos, sus angustias y turbaciones. La labor de los hombres seria la de encontrar, entre los cientos y miles de volúmenes enigmáticos de la Biblioteca, ese volumen total, suma perfecta del conocimiento existente.

Puede que un equipo de jóvenes investigadores californianos hayan encontrado ese sustancioso volumen del que hablaba Borges, pero no en los pasillos y anaqueles de la biblioteca sino bajo las paredes del Media Lab del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Se trata de un invento impulsado por el investigador Joe Jacobson, un gran amante de los libros. El volumen, cuidadosamente encuadernado en piel, alberga unas páginas con aspecto y textura similar al papel, que son en realidad finas superficies electrónicas por las que fluyen millones de “bites” a la velocidad de la luz, formando, palabras, frases, párrafos, capítulos, discursos y novelas enteras. Una especie de “tinta electrónica” es la responsable de este prodigio técnico que hace que los caracteres tipográficos aparezcan y desaparezcan por las hojas a las órdenes del perplejo lector. Esta tinta está constituida por minúsculas esferas de 4 micras de diámetro (0,40 mm), mitad blancas y mitad negras, que se orientan electrónicamente por la superficie de la página obteniendo un efecto similar a la letra impresa. Una letra cualquiera del alfabeto estaría formada por cientos de partículas de este tipo. Conectadas las páginas a través de finos hilos eléctricos a un microprocesador incorporado a las pastas, el lector podrá escoger cualquier obra y la tinta electrónica fluirá por las hojas en segundos para hacerla aparecer ante sus atónitos ojos.

Este cibervolumen ha sido desarrollado con vistas a la comercialización bajo la financiación del Things That Think Consortium, una fundación que agrupa más de 30 compañías entre las que se encuentran Compaq y Microsoft. Sus creadores vaticinan que podría llegar a contener hasta 20.000 obras diferentes. El tiempo en “cargar” una novela como Moby Dick, rondaría el minuto. El libro podría también enchufarse a internet y acceder a un infinito número de títulos. Narración, ensayo, poesía, ciencia ficción… enciclopedias, diccionarios, guías, tratados, manuales, compendios…, podrían estar accesibles con tan sólo pulsar un botón del índice de este portentoso invento. Un libro que podemos llevar a cualquier parte, leer sentados en el banco de un parque o torrados al sol en la arena de la playa. A las puertas del siglo XXI y en una ocasión en que instituciones y libreros nos recuerdan la importancia de la lectura, un artilugio digital como este destinado al lector, merece ser tenido en cuenta.

El libro, es una invención con más de 18 siglos de existencia. Supone la fijación de texto escrito (manuscrito o impreso) para su conservación y una importante capacidad de almacenamiento gracias a la encuadernación. Tiene su origen en el “codex” (códice), una técnica para almacenar los mensajes escritos en grandes hojas de pergamino o papel, plegadas varias veces y cosidas entre dos tapas. El libro es un objeto cómodo y manejable: se puede llevar a cualquier parte, asir, tocar, abrir, hojear… Es tambien un artilugio interactivo: se puede subrayar, doblar las hojas, colocar marcas y señaladores, insertar escritos… Tambien permite una gran movilidad. Se dice que el libro tuvo una función decisiva entre los pueblos nómadas. Los hebreos fijaron su espacio simbólico en las escrituras, encontrando en el libro un objeto práctico para llevar tras de sí aquella sabiduría, en su peregrinación por el Mar Rojo.

La tecnología digital surge gracias a un modo de interpretar y medir los flujos de información como un discurrir de dos alternativas, el 1 y el 0, el Si y el No, la ausencia o la presencia de impulso. Un sistema de codificación binario mediante el cual cualquier mensaje o información puede traducirse en un código numérico de tal manera que su gestión y procesado sea más rápido y eficaz. Rapidez, versatilidad, accesibilidad, capacidad de almacenamiento, son algunas de las ventajas que caracterizan los sistemas digitales. La tecnologías que alcanzan un mayor éxito son aquellas que una vez implantadas llegan a pasar desapercibidas. Igual que relojes, radios o maquinas fotográficas actuales siguen cumpliendo la misma función que sus hermanas mecánicas de antaño, pero con la tecnología digital se han hecho mucho más potentes, también los libros pueden empezar a experimentar el paso de lo analógico a lo digital. El gran acierto del proyecto del MIT es insertar la tecnología digital en el interior de este extraordinario objeto que ha acompañado a los hombres durante miles de años, de tal manera que llegue a hacerse invisible. Si consigue que su prototipo acabe llegando a nuestras casas, estaríamos ante un verdadero prodigio cultural. Un libro, pequeño y manejable, apetecible al tacto, que aloja, en sus finitas páginas una biblioteca infinita.

Cuenta Borges como en cierta ocasión compró a un vendedor de Biblias un libro al que denominaba El Libro de Arena, un libro extraño y desconcertante con un número de páginas infinito. Ese libro como la arena no tenía principio ni fin. Con 76 años, anciano y cansado, lo abandonó en uno de los tantos estantes de la Biblioteca. En ese inescrutable bosque de laberintos y metáforas que es la literatura de Borges quizás se encuentre un cierre, una salida, un retorno. Al final de sus días, por azar, ciego y asustado, alcanzó lo que 30 años antes había buscado tan afanosamente en esa biblioteca interminable, el Libro de los Libros. Pero ya no estaba preparado para recibir sus misterios.

Este nuevo invento del MIT es algo tan portentoso como inquietante. Un libro por el que capaz de incluir toda la literatura universal. Homero, Virgilio, Camoes, Dante, Bocaccio, Cervantes, Shakespeare o Joice estarían en un instante junto a nosotros con tan sólo convocar su presencia. Una obra descomunal. Un libro inacabable, inabarcable, infinito.

 

Javier Ruiz Núñez

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