I
Al final de la larga playa de Arou, las laderas rocosas. A un lado casas agrupadas sorteando la ribera, con barcos de colores varados en la rada. Al otro el mar azul, derramando espuma por la orilla.
En Arou es la hora del mediodía.
Maquieira camina lentamente hundiendo los pies descalzos en la arena. Tiene los pantalones vaqueros remangados hasta las rodillas. Las olas acarician sus tobillos y luego se escapan haciendo muecas caprichosas por el océano. Siente como fluye la vida en todas las cosas que le rodean: en la arena de la playa que cobra vida humedecida por las olas, en las algas que se mueven azotadas por el vaivén del agua, en la espuma del mar que salta por el aire al golpear contra las rocas.
A varios metros de allí, la terraza silenciosa del merendero.
Sólo la silueta de un anciano rompe la soledad del lugar. De tanto en tanto una mujer corpulenta sale del interior del bar, mira a Maquieira y de nuevo desaparece.
Hay una embarcación negra encallada cerca de la orilla. En el interior, un remo astillado. Maquieira se acerca hasta ella y se mete dentro. Se sienta en la bancada de madera. Observa atentamente el fondo. Está encharcado. Se inclina y hunde las manos en el agua. Recoge un puñado de arena. Lo mira. Lo tira y vuelve a coger otro. Realiza aquella operación minuciosamente. Tiene el pelo blanco, largo y ondulado, la barba sedosa, los ojos azules con unas pupilas serenas y brillantes.
Una bandada de cuervos revolotean por el aire. Maquieira levanta la cabeza y los mira. Son negros y abundantes. Igual que las manchas de chapapote salpicadas en la arena, que aún recuerdan la pasada tragedia del Prestige. “Ese viejo y desgastado petrolero navegando por los mares con el beneplácito de todas las naciones”. El graznido de los cuervos resuena en toda la playa. Vuelan bajo haciendo remolinos. Luego se posan sobre las rocas y callan. Su silencio resulta inquietante.
Maquieira recorre con la mirada las casas de piedra con sus viejos hórreos que se mezclan con casas más recientes y pobres a medio terminar, sin casi remozar y con el ladrillo visto.
Al bajar la cabeza de nuevo al fondo de la embarcación, ve un minúsculo destello. Hunde la mano dentro y extrae un objeto pequeño. Lo limpia con la camisa. Se trata de un anillo de oro. Sus ojos azules brillan con expectación. Mira el aro interior. Tiene una inscripción. Dos iniciales: X.V. Intenta colocárselo en el dedo anular. “Demasiado estrecho”. Lo coloca en la palma de la mano. La cierra. Mira al frente y aprieta el puño varias veces. Luego introduce la mano en el bolsillo y echa a andar por la playa. Al pisar la arena húmeda, deja tras de si el rastro de su huella.
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