| LA
OPINIÓN DE GRANADA Marzo 2005
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La Alhambra y su doble
Desde que no está dios, ya solo nos queda
el templo. Pero el templo, en su formato moderno, después
de las múltiples profanaciones a que se vió sometido
lo sagrado en nuestro siglo anterior, adquiere nuevas versiones
plausibles. Una de las más verosímiles es la del
monumento. El valor del monumento se produce sobre la idea del
original, constituída como nueva categoría de
lo sagrado. El monumento es la unicidad más plena y perfecta,
la originalidad más auténtica y mejor expresada.
En el monumento se despliega la originalidad del edificio sin
rarificación alguna, y sus múltiples diversificaciones
artísticas, piedra, columna, o capitel, son la hipóstasis
del original junto a la belleza y su materia concluída.
En eso consiste la nueva gran ilusión.
Pero existe una mayoría de fieles que
son de naturaleza irreligiosa y acuden no a escuchar el oráculo,
sino a profanar el recinto. Lo sagrado se muestra de una forma
tan invisible a esos ojos poco ilusos, su esencia para ellos
es tan inaprensible, tan impalpable y poco manifiesta, la revelación
es tan controvertible a unos ojos paganos,…que pocos son
los que participan de la verdadera liturgia. Si se hiciera una
réplica perfecta del monumento, si se levantara otra
Alhambra, con su patio de los leones y de los arrayanes, sus
palacios y murallas, por ejemplo, una copia exacta, una reproducción
firme del ideal, y se instalara ese edificio idéntico
en otro sitio, no se decepcionarían las expectativas
y el monumento original permanecería a salvo.
La unicidad designa el valor de la cosa, pero
también apunta a su finitud ontológica. Si no
hay nada como el original, cuando éste desaparezca, ya
nada podrá rememorarlo. La muerte del único es
inapelable, tal es su fragilidad. Si por el contrario, existieran
dos monumentos construídos bajo la misma forma, como
dos réplicas exactas, dos copias de la misma idea, el
templo sería inextingible. Este caso especial de duplicación,
de desdoblamineto monumental, supone una existencia problemática
y contradictoria, pero es el único medio capaz de garantizar
la perpetuación del original.
Y si finalmente se hiciera algo asi,…
¿quién podria afirmar, por fin, que esa Alhambra
original, la de la montaña, es la genuina y no una réplica?
¿Quién podría decidir finalmente, que esa
Alhambra aparente, no es también una réplica de
otra Alhambra ideal que existió antes en forma pura,
más elevada aún y cuya copia malograda es la que
vemos ahora? Si fuera así, tendríamos en Granada
dos réplicas igual de imperfectas, con una distancia
cronologica entre ellas, en cuanto al período de sus
desrealizaciones. Y otras más podrían existir
aún, tres, cuatro, cinco, y muchas otras, y todos esos
templos magníficos, seguirían siendo igual de
veraces, igual de preparados para el culto, igual de eficaces
a la hora de expresar su mismidad ontológica, como sombras
de otra Alhambra más ideal y perfecta, solo aprensible
de manera abstracta y aristocrática, como forma y como
número.
Javier Ruiz Núñez