| LA
OPINIÓN DE GRANADA Junio 2005
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Las bellas artes
Maureen Lucía Booth es una artista que
cuida hasta el detalle cada uno de los aspectos de su obra,
los dibujos, las tintas, los colores, el papel, el gramaje,
la textura, la encuadernación. El libro que acaba de
editar en colaboración con Miguel Ángel Arcas,
es un homenaje personalísimo a Javier Egea en el que
han colaborado algunos de los poetas más importantes
de Granada. No es una obra hecha de la exhalación. Proyectado
sin agobio, sin premura, sin precipitación, dejando hacer
al tiempo y la demora, a la luz, a la fuerza de la línea
y de la forma, ha sido concebido fruto de horas de quietud,
como nacen las bellas obras. (“Hay cosas que son lentas
y parecen perdidas; abrir una ventana sin tus ojos cuando no
estás”. Luis García Montero).
El libro “Entre dos” que se presentó
recientemente y que ha estado expuesto en la Casa de los Tiros
tan solo unos días, como si el azar quisiera que toda
su belleza se mantuviera protegida de un exceso de presencia,
es además, una obra llena de clarividencia contestataria:
el amor abre fronteras, es superior a todo en magnitud y en
excelencia. El amor, en el libro de Maureen, se exhibe en todos
sus matices, en todas sus vertientes y posturas, como una vindicación
atrevida de su placentera necesidad. (“Lo que más
me gusta de ti es tu boca, el fuego húmedo de tus labios,
el hiriente cosquilleo de tus dientes, el hermoso cebo de tu
lengua, tus apasionados besos, que enmarañan mis ideas
y las desarman”. Eduardo Castro). Es un libro atemporal
e incontemporáneo que se dirige a una inteligencia despierta
y universal, a un corazón libre de prejuicio, lleno de
trazos maravillosos, de palabras fascinantes, protegidas del
paso corrosivo del tiempo en el interior de unas pastas duras
y bellamente ilustradas.
En una sociedad donde la mayoría de las
ofertas provocan la pérdida de la facultad intelectiva,
una obra tan refinada, ilustra e ilumina. (“Si miro tus
ojos que dicen, las cosas que nunca me cuentas, el tiempo dimite
de todo, la tarde se acaba y el mundo, se queda esperando esa
línea, que trazan tus dedos, tu rastro sin huella, tu
calma.” José Carlos Rosales). Es un libro hecho
con palabras de oro, con ilustraciones de plata. Frente a ella,
uno se siente bruto, torpe, burdo, demasiado poco instruído
para alcanzar sus luces sutiles, pero feliz de haber descubierto
por fin, el arte verdadero.
Este libro, es además
un ejemplo excelentísmo de buen hacer. Maureen ha invitado
a cada poeta a su taller, para poner su voz gratuita a los dibujos,
como un gesto de desprendimiento egocéntrico. (“Guarda
tus artes varón para otras distancias más sutiles,
aquí el desnudo entre los dos prefiero, la ausencia de
retórica”. Ángeles Mora). Y todos han respondido
a la llamada. La pureza visual de Maureen es exquisita. La limpieza
de sus intenciones infinita. ¿Qué más se
puede pedir? Por eso su obra conquista. Es limpia, rutilante,
contumaz y valerosa. El talento se pone de manifiesto en el
modo de enfrentarse a su obra en solitario, invirtiendo tiempo
y dinero en un proyecto de alto riesgo. Su trabajo independiente
y marginal, ajeno a los circuitos, a las subvenciones, a los
grandes títulos y distinciones, es un ejemplo de desacato
y desobedencia a la autoridad cultural e institucional establecida.
Precisamente por eso su arte es más bello aún
y más importante: porque nos señala donde está
el arte de verdad, comprometido y ajeno a cualquier interés
que no sea el artístico.
Javier Ruiz Núñez