EL CHIQUILICUATRE
La posmodernidad implica dos consecuencias inmediatas. En el discurso del conocimiento, la verdad salta en pedazos, se fragmenta, y de cada partícula nueva, se origina una nueva modalidad de pensamiento. El todo se convierte en parte, en retazo, en fragmento, en microrelato. Con los trozos deconstruídos podemos intentar recomponer el esquema general, pero sólo relativamente. En el discurso de la ética aparece el desfallecimiento del héroe. La épica queda desublimada, desnutrida, debilitada. Esta aniquilación del fundamento último de todo, el bien, la justicia, la verdad, constituyen el paradigma de la posmodernidad.
El chikilicuatre parece salido de un dilema posmoderno. Su escenografía y su lingüística son totalmente inconexas. El discurso se emite mediante un conjunto histriónico de propuestas que nunca remiten a un todo coherente: un esqueleto que se mueve con las manos en arenga y se contonea al ritmo de una melodía machacona. Unas patillas postizas, un tupé engominado, un chaleco chispeante, una guitarra de tómbola, unas gafas pasadas de moda, un estribillo pegadizo a base de monotemáticos predicados, chiki, chiki, perrea, perrea. Todo este guirigay de gags, clichés y pastiches, contribuyen a la consolidación del simulacro. Unas enigmáticas gogó brodels, danzan y se arrastran con abandono junto al figurante en un baile críptico, con la mirada ida, como desquiciadas divas, errando a cada paso su danza hierática. El reggaetón, el brikindans, el maiquelyason, suponen un dialecto sin rutas reconocibles. El clon y las contorsionistas del chiki, chiki, salen a la pista entre burlas y veras, como un famélico trío de desviados freakis. Todo parece un espectáculo esperpéntico, onírico y fraudulento. Pero en vez de recibir huevos y pitidos, esta presentación negativa del todo, nos acaba convenciendo.
¿Qué se busca con esa trapacería, desorientar, engañar, embrollar? Es un misterio indescifrable. No hay en esa farándula un solo rasgo racional que nos pueda orientar. Toda la eficacia del experimento radica, por el contrario, en su falta total de coherencia, en su ausencia total de consistencia, de compacidad o aglutinación. Todo pretende desviarnos, desproveernos de agarraderas, desorientarnos. La voluntad de no querer decir nada en absoluto, no ser nada de ningún modo, ser un objeto sin objetivo, un nexo sin nexo, una creación sin creación, un arte sin arte, una esencia sin esencia, nos despista y nos desalienta. La voluntad de desrealizarlo todo, desvalorizarlo todo, de triturar todo en jirones, de ser un fantoche, un chisgarabís, un mequetrefe, nos desconcierta aún más. Finalmente, el nombre, chikilicuatre, acaba por explicarlo. El chikilicuatre es nuestro nuevo héroe, nuestro Quijote sin molino, sin lanza, sin objetivo, ahora provisto sólo de un nombre, el chikilicuatre y una guitarra que no es guitarra, una danza que no es danza, unas bailarinas que no son bailarinas, una peluca que no es peluca, una barba que no es barba, un chaleco que no es chaleco y una canción que no es canción. Todo es una mentira y una farsa formidable. Sin embargo el chikilicuatre y su sonatina insustancial, perrea, perrea, han llegado a entusiasmar porque él mismo ha conseguido, con toda su zumba cañí, acertar en un objetivo: la liquidación del fundamento de todo. La lírica queda descuartizada, la épica despanzurrada. Toda la carga de la epopeya queda aniquilada por este miserable minihéroe, con formato de Elvis Presley y guitarrilla de plástico. El chikilicuatre logra dibujar su propia caricatura, esbozar un retrato acertado de sí mismo, un héroe famélico y desnutrido, sin afán y sin motivo, y quizás por ser tan triste y lastimoso su propósito, ha conseguido conquistar a una audiencia y convertirse en un símbolo eurovisivo.
Javier Ruiz Núñez