LA OPINIÓN DE GRANADA Agosto 2005  

 

La danza del alma

Nació para la danza y vive solo para la danza. Por eso Tamara Rojo cuando baila siente que es su alma la que habla, la que baila, la que se expresa, la que se contornea, la que salta y la que se manifiesta a través del ritmo y el movimiento. La danza es para Tamara Rojo, la máxima expresión de su existencia, la más clara, la más pura, la más nítida, la más feliz. En un reportaje reciente Tamara Rojo, dijo, con ojos jubilosos, que su vida está clarísima, que lo tiene todo, que no necesita nada más para vivir, solo la danza. Sabe que tiene que hacer su trabajo y luchar, y ese es su mayor gozo. Como la danza lo es todo, todo lo que estorba, lo elimina. Se supone que es un esfuerzo agónico el que tiene que hacer, un ejercicio terrible, esforzado, voluntarioso, pero no. Su vida es sencilla y bonita, clara y fácil a la vez, porque solo tiene que seguir esa llamada y por eso se siente tan dichosa. Y ha conseguido a base de trabajar y seguir su instinto, que su alma se exprese de forma cada vez más exquisita. Y que la danza se convierta en su único modo de vida. La vida y la danza, una experiencia unívoca, una misma pasión, inseparable y unida.

En el escenario intenta explicar lo inexplicable, explorar lo inexplorable, la belleza de las formas, el ritmo, el movimiento, la fuerza de gravedad, la energía desatada, el equilibrio, la armonía. Hacer que la música fluya por su cuerpo, en el espacio, en el tiempo. Hacer que la música se encarne en un instante de belleza corporal y que luego estalle de forma alegre y jubilosa, y se dispare y repose otra vez, con gracia, con elegancia. Y a veces ocurre el gran acontecimiento: un movimiento milagroso de sus brazos, un giro, un vuelco de las manos, un instante insólito de belleza corporal, de felicidad y de pérdida de sí misma y de fusión y entrega al todo, al arte puro. No ha llegado aún a la plenitud, por eso necesita seguir escribiendo en el escenario pautas, compases, hasta dar la nota más aguda.

Tamara Rojo acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias a las artes, junto a otra bailarina rusa, Maya Plisetskaya y es un ejemplo, no solo de arte en toda su esencia, sino también de arrojo y bondad. Empezó en el ballet de Victor Ullate, pero según ella misma afirmó, necesitaba más, crecer, hacerse más alta, más amplia, seguir evolucionando, y por eso lo dejó todo, y se marchó a Londres a estudiar, con la convicción de que necesitaba seguir aprendiendo. Allí empezó otro principio y gracias a su tesón, consiguió un puesto en el Ballet Nacional y se le abrieron otras puertas. Tamara Rojo ha sabido resumir en pocas palabras, y con gran generosidad, el problema que viven muchos jóvenes de hoy en día. Dijo que se sentía afortunada, ya que tenía algo que a los demás jóvenes les faltaba: una razón para vivir y para luchar.

 

Javier Ruiz Núñez

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