| LA
OPINIÓN DE GRANADA Marzo 2005
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El móvil
El mundo entero al alcance del pulgar. Pero como
el mundo entero es mercado, a lo que se accede con la llamada,
no es a una sustancia de valor especial, sino a un cada vez
más insustancial repertorio de mercancía no valiosa,
convertida en bits luminiscentes. Nicholas Negroponte, Director
del Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, intuyó hace tiempo, que las tecnologías
por cable, como el teléfono, se irían trasladando
al medio atmosférico, para hacerse más libres
y silvestres. El teléfono, un medio de comunicación
destinado a la batalla interpersonal, precisa salir al monte,
desubicarse, y saltar a las ondas del aire, para hacerse presente
en todas partes y en cualquier microinstante biográfico.
“Menos es más”, dijo Negroponte para explicar
el modo en que evoluciona la telefonía celular: menos
tamaño en un peso cada vez más atómico,
pero con más macrofunciones y una potencia más
disparada. Cada vez son más las cosas que se pueden hacer
y más rapidamente, desde este artilugio miniaturizado
que vibra convulsamente en la palma de la mano.
Pero lo que no predijo Negroponte, es que en
la gran economía de mercado, la plena realización
del móvil, su esencialidad más alta, se alcanza,
no por la comunicación interpersonal, sino por el acceso
a nuevos formas de lo comercial, cada vez más inverosímiles.
El móvil se ha convertido en el gran mando a distancia
de un nuevo autoservicio. Con el móvil, un hipermercado
entero de vanalidades se pone al alcance de la mano, y el cliente
consigue satisfacer la ilusión de la compra, con una
autonomía cada vez más abstracta. El acto de compra
se minimiza hasta llegar al microátomo de un gesto físico,
inmaterial, un “clic” evanescente y virtual, que
no tiene ya realidad. El acto de compra pierde peso específico,
baja en grados de esfuerzo, hasta adquirir la unidad mínima
de sentido, la pulsión dáctil. Cada vez, comprar,
pagar, adquirir, es un acto más irreal e ilusorio, más
rarificado y desnaturalizado. Una simple llamada de la mano
y todo el mercado se pone a nuestros pies, pero de forma más
irreal cada vez.
Con el móvil, no solo se realizan las
compras de lo necesario a golpe de “clic”, llamadas
imprescindibles, contratos importantes, acuerdos de negocios,
encargos, cenas, entradas, sino tambien de todo lo innecesario
y cada vez se acceden a nuevos paraisos más vanales de
compra superflua. Los pedidos se hacen cada vez más ficticios
y superficiales, pero más audaces y rentables desde el
punto de vista del mercado. “Menos por más”
es ahora la máxima. Menos valor de mercancía a
un precio más alto cada vez. Son más cosas las
que se adquieren que nada valen, es mayor la variedad de futilidades
las que se ofrecen, de mercancía absurda, que se consume
desde la etérea pantalla minúscula, pero a un
precio más alto y desorbitante. Como es cada vez menos
el valor de lo que se vende, la tos del Papa, la rodaja de nalga
de la modelo, el estornudo del artista, las ventosidades de
la “miss”, visibles y audibles desde la prosaica
pantalla en forma de tono y politono a ochenta céntimos
la descarga, el gran banco del mundo aumenta beneficios de forma
cada vez más grosera y su territorio se amplia hasta
alcanzar un escenario cada vez más gigantesco.
Javier Ruiz Núñez