| LA
OPINION DE GRANADA. Agosto 2004
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Escaleras
Hay escaleras de muchos tipos. Las hay cortas
y de pocos peldaños. Las hay largas y con muchos como
las de la insigne Torre de Hércules en la Coruña
o la emblemática Torre del Parque de las Ciencias de
Granada. Hay escaleras que son un verdadero prodigio de la arquitectura.
Las hay barrocas y exhibicionistas, como las de la Opera de
Garnier en París y majestuosas, de varios tramos y con
escalones colgados en el aire, como la del Palacio de Barberini
en Roma. Hay escaleras que son un verdadero acontecimiento geológico,
como las que acceden al Palacio de Congresos de Ganada. El arquitecto
que las diseñó nunca imaginó a un congresista
subido a sus peldaños. Al gran palacio se accede no por
la puerta grande, sino por la pequeña y falsa engatillada
por abajo. Ahora planean una remodelación que consiste
en devolver el protagonismo central que se merece a esta escalinata
monumental.
Hay escaleras sencillas y humildes, que sí
funcionan como diálogo entre vecinos y pisos, abren caminos
y puertas de comunicación. Lamentablemente están
a punto de derrumbarse, como las de la calle Coches 15 en el
Barrio de San Matías. No es un problema de ellas, sino
de la desidia y la desgana legislativa que impera, que estimula
su demolición. Igual que desaparecen las tiendas y comercios
modestos con escaleras minúsculas que trepan a los altillos,
que son historia y sentido, también esta exquisita invención
de la arquitectura que es la escalera, es una especie en vías
de extinción.
Desde la presentación en 1853, en el Crystal
Palace de Nueva York, del primer ascensor de Elisha G. Otis,
invento moderno ligado a los rascacielos, la escalera ha experimentado
un continuo y progresivo declive, generalizando un estado de
pereza patológica, principal importación en nuestro
país de la cultura americana. Cada vez más, la
escalera se implanta como una disfunción del ascensor.
En las reglamentaciones arquitectónicas, se les considera
una audacia peligrosa. Se restringe su uso, se penaliza su abuso.
Se ocultan, se desplazan del centro del edificio hasta convertirlas
en un espacio de servicio, una vía muerta que ningún
arquitecto se preocupa de mejorar.
Ahora los grandes edificios públicos,
se comunican internamente a través de rampas, que son
una analogía de la autopista en el interior de la casa.
La rampa anima al individuo a sentirse tráfico rodado.
Le ofrece mayor velocidad, empuje y capacidad de adelantamiento.
Cada vez se sube menos por las escaleras, pero como la gente
debe hacer algún esfuerzo, sobretodo para minimizar su
creciente masa, se practican ejercicios siniestros en los gimnasios,
con aparatos esperpénticos.
Hay una sicología implícita
en la escalera. Esta ascensión escalonada de peldaños,
apunta a una consecución de la vida por etapas. Igual
que la escalera se conquista por tiros y descansillos, también
el logro de las cosas, es un proceso que no es repentino sino
gradual y escalonado. La escalera sugiere la capacidad de demora
necesaria para asumir determinados proyectos y retos. Existe
también la idea de subida inherente a la escalera, escalar
una cima, conquistar un horizonte lejano. Hay una relación
directa entre la escalera y el empeño personal: el cuerpo
íntegro se despliega hacia arriba, como la voluntad que
se crece de autoesfuerzo.
Javier Ruiz Núñez