| LA
OPINIÓN DE GRANADA Mayo 2005
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El fin de la familia
El fin de la familia es el amor. Pero el amor
en la familia está empezando a extinguirse. El amor entre
padres e hijos, una de las fuentes de felicidad más grandes
que existen, no encuentra salida lógica. Los padres desconocen
ya el modo de amar a sus hijos. Cada vez es más difícil
que la familia satisfaga las necesidades de afecto entre los
miembros. La pareja tampoco ve una via adecuada de amor en el
seno de la familia. Están esclavizados por el tiempo,
neurotizados por el cambio constante de roles, sicotizados por
los excesos de deseo y de sexo. La familia empieza a ser incapaz
de satisfacer la necesidad primordial de amor y esa es una de
las causas de más insatisfacción y descontento
de nuestra sociedad.
El fin de la familia es la procreación.
Pero las sociedades cuanto más civilizadas más
infértiles y menos deseosas de procrear, por lo que la
familia pierde tambien función y estímulo. Las
madres no tienen vocación ni instinto. Los padres han
caído en el decaimiento y se han vuelto inanimosos. Por
si fuera poco, a pesar de este apogeo improductivo, la ciencia
ofrece todo tipo de fórmulas para tener hijos fuera del
matrimonio. Se pueden criar hijos por adopción o reproducirlos
por inseminación, por donación de óvulos,
alquilando otro útero, o in vitro. Cada vez existen más
alternativas reproductivas fuera de la familia, que hacen que
sea una realidad inecesaria.
El fin de la familia es el poder. Pero el poder
se ha democratizado tanto y tan en exceso, que tampoco está
ya en manos de la familia. El poder paternal está en
crisis. Los padres no tienen poder sobre los hijos y los hijos
ningún respeto por los padres. Los hijos ya no encuentran
confianza en la autoridad familiar y buscan compensar su inseguridad,
con otras fuentes de poder externas. La familia no ofrece seguridad,
ni confianza, ni felicidad, ni garantiza la obediencia o el
sometimiento a unas reglas, por lo que es una forma de organización
cada vez más futil.
El fin de la familia es la educación.
Pero la familia ya no educa nada. Ni siquiera educa la escuela,
otra de esas realidades que están en quiebra. En las
sociedades posmodernas hay otras cosas que educan más
como los centros comerciales, la televisión o los videojuegos.
Existe un sinfín de ofertas de este tipo, de negocios
presumiblemente educativos que propician el escape y alimentan
el deseo y la insatisfacción de nuestros hijos, por la
via del extasis visual e interactivo. A ellos se accede fuera
de la jurisdicción familiar, por lo que la institución
se muestra inoperante.
La función de la familia es tambien infructuosa
en la realidad financiera. La garantía económica
del futuro de unos hijos, otra de las funciones tradicionales
de la familia, empieza a volatilizarse. La familia cada vez
protege menos a los hijos, es más egoista, piensa más
en si misma y los bancos asumen esa cuota de beneficio, ofreciendo
créditos onerosos para garantizar un futuro cada vez
más hipotético.
La familia está en pérdida
y difícilmente recuperará el vuelo, sino se produce
un cambio vital y profundo. Surgen en el horizonte modelos nuevos
de agrupación viables, como las parejas divorciadas,
las madres solteras o los matrimonios de homosexuales. Su éxito
solo dependerá del modo en que puedan satisfacer todas
estas necesidades, que hoy la familia, es incapaz de garantizar.
Javier Ruiz Núñez