Greene
Muchas veces, una buena historia surge de un
único párrafo. Graham Greene desarrolló
todo el guión de “El tercer hombre” (The
third man, 1949) a partir de esta pequeña frase escrita
a bocajarro en la solapa de un sobre: “Había
dado mi último adiós a Harry hacía una
semana, cuando depositaban su ataúd en la helada tierra
de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi
pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre
una muchedumbre de desconocidos”. Según escribió
el propio Greene, ese párrafo permaneció guardado
en el interior de su escritorio durante mucho tiempo, sin
que él mismo le diera importancia, y sin saber que
más tarde se convertiría en el argumento de
un extraordinario best-seller cinematográfico.
Cuando el productor Alexander Korda propuso
a Greene escribir un guión para una de sus películas,
Greene se decidió a recuperar aquel viejo fragmento
de historia. Para avanzar en la idea, necesitaba saber, antes
de nada, quien era aquel Harry y el porqué de su supuesto
entierro. Viajó a Viena, ciudad en la que Korda quería
ambientar la película. Allí encontró
una ciudad derruida y desolada. Era una Viena dividida y gobernada
por cuatro potencias. Entre los edificios destruidos por las
bombas y ante tanta vida quebrada y rota, Greene empezó
desenredar la madeja de la trama, sin apenas darse cuenta.
Recorrió las cloacas de la ciudad acompañado
del gremio de la policía subterránea, una policía
que trabajaba literalmente bajo tierra. Y en aquel mundo estrambótico
y suburbano, el sistema del alcantarillado de Viena, Greene
encontró la semilla de su argumento, la idea del estraperlo
de la penicilina.
El cine puede abrir las puertas a la literatura.
Yo mismo, viendo esa película, descubrí muy
pronto la literatura de Green. La conocí gracias a
la gran pantalla y a los rostros inolvidables de Wells, de
Joseph Cotten y de Trevor Howard. Gracias al hechizo subyugador
de aquella película, a sus claros y oscuros, sus luces
y sombras, a la música raspada y delirante de la cítara
de Anton Karas y a esa fotografía expresionista, casi
fantasmagórica, que tanto la caracteriza, me inicié
en la literatura de espías de Greene y descubrí
pronto el placer narrativo de su palabra y el exquisito y
personalísimo universo literario y vital que de sus
novelas surgía. Desde entonces busqué siempre
los libros de Greene, encontrando en ellos el mismo misterio
literario: una trama intrascendente, de la que irrumpe, de
manera invisible, toda una complicada problemática
humana, siempre compleja, capaz de explorar con lucidez extrema,
los temas más inabarcables: la soledad, la amistad,
la fé o el deseo de trascendencia.
Ahora se celebra en toda Inglaterra el
centenario de este autor y cabe el homenaje de dedicarle un
hueco en nuestras lecturas. Greene fue un escritor capaz de
desarrollar muchas ideas en muy poco tiempo y espacio. Dijo
Borges una vez: ”La idea de que la literatura es solo
un juego de palabras, que fue lo que sostuvieron Gracián,
Góngora y a veces Quevedo, es radicalmente falsa. Lo
fundamental es la carga de pasión del pensamiento que
se trasmite a través del lenguaje y, diría a
veces, a pesar del lenguaje”.