LA OPINION DE GRANADA. Septiembre 2004  

 

Greene

Muchas veces, una buena historia surge de un único párrafo. Graham Greene desarrolló todo el guión de “El tercer hombre” (The third man, 1949) a partir de esta pequeña frase escrita a bocajarro en la solapa de un sobre: “Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana, cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos”. Según escribió el propio Greene, ese párrafo permaneció guardado en el interior de su escritorio durante mucho tiempo, sin que él mismo le diera importancia, y sin saber que más tarde se convertiría en el argumento de un extraordinario best-seller cinematográfico.

Cuando el productor Alexander Korda propuso a Greene escribir un guión para una de sus películas, Greene se decidió a recuperar aquel viejo fragmento de historia. Para avanzar en la idea, necesitaba saber, antes de nada, quien era aquel Harry y el porqué de su supuesto entierro. Viajó a Viena, ciudad en la que Korda quería ambientar la película. Allí encontró una ciudad derruida y desolada. Era una Viena dividida y gobernada por cuatro potencias. Entre los edificios destruidos por las bombas y ante tanta vida quebrada y rota, Greene empezó desenredar la madeja de la trama, sin apenas darse cuenta. Recorrió las cloacas de la ciudad acompañado del gremio de la policía subterránea, una policía que trabajaba literalmente bajo tierra. Y en aquel mundo estrambótico y suburbano, el sistema del alcantarillado de Viena, Greene encontró la semilla de su argumento, la idea del estraperlo de la penicilina.

El cine puede abrir las puertas a la literatura. Yo mismo, viendo esa película, descubrí muy pronto la literatura de Green. La conocí gracias a la gran pantalla y a los rostros inolvidables de Wells, de Joseph Cotten y de Trevor Howard. Gracias al hechizo subyugador de aquella película, a sus claros y oscuros, sus luces y sombras, a la música raspada y delirante de la cítara de Anton Karas y a esa fotografía expresionista, casi fantasmagórica, que tanto la caracteriza, me inicié en la literatura de espías de Greene y descubrí pronto el placer narrativo de su palabra y el exquisito y personalísimo universo literario y vital que de sus novelas surgía. Desde entonces busqué siempre los libros de Greene, encontrando en ellos el mismo misterio literario: una trama intrascendente, de la que irrumpe, de manera invisible, toda una complicada problemática humana, siempre compleja, capaz de explorar con lucidez extrema, los temas más inabarcables: la soledad, la amistad, la fé o el deseo de trascendencia.

Ahora se celebra en toda Inglaterra el centenario de este autor y cabe el homenaje de dedicarle un hueco en nuestras lecturas. Greene fue un escritor capaz de desarrollar muchas ideas en muy poco tiempo y espacio. Dijo Borges una vez: ”La idea de que la literatura es solo un juego de palabras, que fue lo que sostuvieron Gracián, Góngora y a veces Quevedo, es radicalmente falsa. Lo fundamental es la carga de pasión del pensamiento que se trasmite a través del lenguaje y, diría a veces, a pesar del lenguaje”.

 

Javier Ruiz Núñez

Reservados todos los derechos - copyright © Javier Ruiz Núñez 2010