| LA
OPINIÓN DE GRANADA Marzo 2005
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La mala educación
Almodóvar, uno de los directores más
veraces de la historia del cine español, denunció
en su última película las malas maneras de la
educación en el franquismo. Entonces, los curas y profesores,
depositarios de todos los derechos, podían cometer todo
tipo de tropelías y lindezas. Hoy el fenómeno
es a la inversa. Los adultos han desertado por completo de sus
funciones educativas, en aras de una errónea idea de
educación liberal y ante la duda de saber lo que está
bien y lo que está mal, ante el desconocimiento de en
qué consiste la formación, ante la incertidumbre
de saber qué es lo más apropiado a la hora de
enseñar, si explicar las cosas de buenas maneras con
el peligro de que no te hagan ni caso, si hacer que cunda el
ejemplo, con las dificultades y renuncias que ello conlleva
o mantener el orden de la casa a tortazos, los padres han terminado
por no hacer nada, y dejar que los chicos hagan lo que les de
la gana, que crezcan a su antojo, sin orientación ninguna,
como unos idiotas. Y ese inmovilismo del gobierno familiar,
ha acabado por provocar la sublevación juvenil.
Un ejército de insurrectos cada vez mayor,
llamado botellón, sin leyes ni reglamentos, de proporciones
cada vez más inconmensurables, ha decidido salir a la
calle a cometer todo tipo de rabotadas y barbaridades y cada
vez el desaguisado es mucho más alto. No salen a divertirse,
ni a celebrar nada, sino sólo a expresar su desconcierto,
a manifestar su malestar, su desequilibrio interior y su trastorno.
Ahora que son ellos los poseedores de todos los derechos, y
ya que nadie les ha explicado lo que se debe hacer con ellos,
salen a exhibir su desobediencia con cinismo, con una total
estulticia y soberbia y cada vez de un modo más grosero.
Mean con insolencia, beben soltando exhabruptos, vomitan con
descaro, defecan con desvergüenza, escupen y se regodean
en su marrana indisciplina. Ese ejército descomunal de
desbravados, son jóvenes sin horizonte y sin modelos,
que salen sólo para mofarse de la parálisis del
sistema. Se agolpan en manadas y se unen por una misma comunidad
de aversiones. Odian a una civilización que les ha dejado
de lado por completo y por eso responden como incivilizados.
Son huérfanos, no tienen padres que les hayan enseñado
lo que se ha de hacer, por lo que cuando toman la calle, lo
hacen sin ningún género de distinciones.
¿Por qué beben? ¿Por qué
molestan? ¿Por qué protestan? Por nada. Cocean
sólo para exhibir su bravura, como potrillos indomesticados
que aún no han mudado los dientes. Hoy tiran botellas,
destrozan escaparates, vacían bidones de basura, pinchan
ruedas de vehículos, rompen farolas, pero mañana
subirán un poco más el tono, mutilarán
a los perros, patearán a los viejos sin piedad y acabarán
por entrar en muestras casas y adueñarse de todo, como
desbocados, y esa andanada culminará en una catástrofe
sin calificativos. El megabotellón que tiene ya escala
trasnacional, que desborda los países y las fronteras
del mundo civilizado, progresa de un modo imparable. No existen
alternativas viables al fenómeno. No las hay, por mucho
que se empeñen los gobiernos. No hay fórmulas
eficaces de detener a la manada. La sedición está
en marcha y sólo cabe esperar preguntarnos qué
hemos hecho, donde estamos y si aún es posible reconducir
la catástrofe aprendiendo de nuestros errores.
Javier Ruiz Núñez