LA MALDICIÓN DE LOS MISERABLES

Hubo una época en que los grandes inversores guiados por una loca avaricia invirtieron, no en valores rentables a largo plazo, industria, servicios, agricultura, comercio, sino en fondos y depósitos volátiles que permitían hacer dinero al instante. Las inmensas maniobras bancarias se dirigían a promover iniciativas financieras de alto riesgo para ganar millones en segundos. El gigantesco sistema de una banca mundial y virtual provocó un enriquecimiento inmediato a los inversores más ávidos e insaciables, pero a la larga, creó un déficit nefasto en los capitales. Ingentes volúmenes hipotecarios basura fueron vendidos o traspasados o intercambiados de mano en mano, impunemente, con miras al negocio. Todo este comercio express produjo mucha cantidad de dinero intoxicado y un colosal desplome de la bolsa y la banca mundial.

¿Quién es el responsable de la debacle? “Los consumidores no consumen, los empresarios no contratan, los inversores no invierten y los bancos no prestan… ¿Había que obligar por ley a que los empresarios inviertan y no despidan y a que los consumidores consuman como se está exigiendo a los bancos que den crédito?”, se pregunta Miguel A. Fernández Ordóñez. Para Miguel Sebastián, Ministro de Industria, “habrá gente que no se vea directamente afectada por la crisis, e incluso vea elevado su poder adquisitivo. Estas personas se preguntarán qué pueden hacer por su país.” La respuesta parece clara, consumir (producto español). El sistema pide a gritos ayuda. Si no hacemos caso a la llamada, ¿qué ocurriría? Se vaticina un horroroso sacrificio de víctimas. Según datos recientes del INE, el paro aumenta un 3,5% y el número total de desempleados se sitúa en 3.605.402. Según datos del Ministerio de Hacienda, el endeudamiento de las entidades locales españolas asciende a 32.030 millones de euros. Según información de las Cámaras de Comercio, el 80% de las Pymes tiene problemas de financiación y la banca ha reducido indiscriminadamente la concesión de crédito.

La maldición no recae sobre los “que visten elegantemente y habitan en los palacios reales” (Mateo, 11, 8), sobre los genios y brokers y granujas de wall street, que en su afán de rapiña se han apoderado de la inocencia de muchos, han despilfarrado sus ahorros, han llenado de basura el esfuerzo de años y han provocado este colapso. La maldición no recae sobre las multimillonarias fortunas acorazadas para evitar que el temblor de los terremotos las pongan en peligro. Los altos banqueros blindados en sus despachos no parecen estremecerse. Son incapaces de hacer un ejercicio de contrición y reconocer que ellos mismos, con su alegría y desparpajo han provocado el maremágnum. La maldición recae sobre los más desfavorecidos, los trabajadores, los desempleados, los campesinos, los emigrantes, los sin techo y todo un largo etcétera de miserables que son los auténticos sufridores de la catástrofe. No hay ningún tipo de consuelo hacia ellos. Ahora que el negocio va mal, es el contribuyente el que debe pagar las pérdidas. Desde sus castillos y atalayas los poderosos entonan el llanto y se erigen en víctimas.

“De todo he visto en la vida sin sentido: gente honrada que fracasa por su honradez, gente malvada que prospera por su maldad” (Eclesiastés, 7, 15). La crisis proviene del hambre devoradora de hacer dinero, de un sistema basado en la ganancia rápida. “El codicioso nunca se harta de dinero” (Eclesiastés, 5, 9). Decía Elias Canneti que, “habría que mirar con dureza a los grandes hombres. La compasión, que ellos no conocen, no debe iluminarlos… Con la misma crueldad con la que pisan a quienes están por debajo, así hay que experimentarlos”. El sistema ha llegado a la máxima euforia del envilecimiento y a la máxima cota de depravación. La desvergüenza con la que se ha actuado, la arrogancia y el desprecio con el que se ha llevado a cabo las más insólitas pericias financieras, han acabado por devastar no sólo a las finanzas, sino también al depósito de valores que promueven el avance de la sociedad. Ningún acaudalado estará dispuesto a compartir sus millones con la miseria. Son incapaces de hacer tal acopio de excelencia y utilizarlos para fines más productivos. Apoyar a las víctimas sociales y contribuir con sus desorbitados ingresos, a reflotar empresas, promover el gasto público, generar empleo y paliar el desconcierto que ellos mismos han generado. ¿Será posible solucionar las profundas heridas morales causadas?

 

Javier Ruiz Núñez

 

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