LA OPINION DE GRANADA. Enero 2004  

 

Muerte en un urgencias

A Gabriel M. G., las cosas le andan mal y lo sabe. Sabe que su vida tiene el estigma de la desviación. Sabe que quien padece ese síndrome, acaba como un huraño y un desabrido. Por eso hace ya tiempo que vive pelado y puro como un estilita. Por eso hace ya tiempo que su amojamada silueta se cuela toda, lenta y pausadamente, sin obstáculos ni altibajos, por el profundo y estrecho cuello de una botella de alcohol. Y por eso su vida entera tiene ese sabor tan miserable. Y es por eso por lo que vive de una manera tan invisible y anónima su dolor.

A Gabriel M. G. de 62 años de edad, lo han visto entrar en Urgencias del Hospital Ruiz de Alda, a las 10 de la noche del 28 de diciembre del pasado año, aislado y desnaturalizado, arrastrando con aplomo su alma moribunda, sin el apremio o la tensión propias de un enfermo terminal. Él sabe que lo que arrastra es cosa grave, pero no es técnicamente una urgencia. Urgencias son los males que aquejan a todos los civilizados de este mundo: unas uñas encastradas, unos eccemas en la piel, picores vaginales o almorranas en el culo. Pero el mal de Gabriel M. G. es de índole marginal. Se cría y se cultiva en los aledaños de la sociedad, en los barrancos de la soledad, el abandono y la miseria y no es un mal respetable que pueda consignarse en las ventanillas de acceso al hospital. Es su vida entera la que ha entrado en pérdida, una pérdida destructiva y radical que ha acabado por contagiar hasta la última célula de su organismo. Quien explica eso a un médico y más en su estado. Por eso, a lo único que aspira Gabriel M. G. es a sentarse sin ceremonia, ni gravedad, en la sala caliente de Urgencias, para ver desaparecer de una manera callada, la luz de su existencia, sin derramar una gota de sangre, ni verter una lágrima de dolor.

A Gabriel M. G. lo han visto morir en Urgencias del Hospital Ruiz de Alda, sin prisas, ni apremios a lo largo de toda la noche del 28 de diciembre. Once horas estuvo su cuerpo agonizante en el banquillo de espera, postrado con sumisión y parsimonia en lo alto de una silla de ruedas, hasta perder todo balance energético, sin que una sola enfermera, médico o especialista, diagnosticara las últimas bocanadas de su estertor. Con la cara pálida como la cecina, caída toscamente para un lado, los ojos diciendo adiós al mundo y un charco de orina en el suelo, como mueren los desahuciados, Gabriel M. G. fue escapando a la vida lentamente, poco a poco, a lo largo de toda la noche, sin una triste compañía familiar que pudiera acariciarle o acunarle o ayudarle a pacer dulcemente su muerte. A las diez de la mañana su alma estaba ya pronta a cruzar la laguna Estigia y ya sólo distinguía el chisporrotear de la llama de los infiernos, el clamor del purgatorio o el canto apacible de los ángeles en el cielo.

Gabriel M.G. entró la noche del 28 de diciembre en Urgencias del Hospital Ruiz de Alda, recto como un poste y tras once horas de derrumbamiento vital, salió formando un ángulo muerto en la oscura cavidad de su ataúd, sin la más mínima atención, reconocimiento o diagnóstico.

 

Javier Ruiz Núñez

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