Muerte en un urgencias
A Gabriel M. G., las cosas le andan mal y lo
sabe. Sabe que su vida tiene el estigma de la desviación.
Sabe que quien padece ese síndrome, acaba como un huraño
y un desabrido. Por eso hace ya tiempo que vive pelado y puro
como un estilita. Por eso hace ya tiempo que su amojamada
silueta se cuela toda, lenta y pausadamente, sin obstáculos
ni altibajos, por el profundo y estrecho cuello de una botella
de alcohol. Y por eso su vida entera tiene ese sabor tan miserable.
Y es por eso por lo que vive de una manera tan invisible y
anónima su dolor.
A Gabriel M. G. de 62 años de edad,
lo han visto entrar en Urgencias del Hospital Ruiz de Alda,
a las 10 de la noche del 28 de diciembre del pasado año,
aislado y desnaturalizado, arrastrando con aplomo su alma
moribunda, sin el apremio o la tensión propias de un
enfermo terminal. Él sabe que lo que arrastra es cosa
grave, pero no es técnicamente una urgencia. Urgencias
son los males que aquejan a todos los civilizados de este
mundo: unas uñas encastradas, unos eccemas en la piel,
picores vaginales o almorranas en el culo. Pero el mal de
Gabriel M. G. es de índole marginal. Se cría
y se cultiva en los aledaños de la sociedad, en los
barrancos de la soledad, el abandono y la miseria y no es
un mal respetable que pueda consignarse en las ventanillas
de acceso al hospital. Es su vida entera la que ha entrado
en pérdida, una pérdida destructiva y radical
que ha acabado por contagiar hasta la última célula
de su organismo. Quien explica eso a un médico y más
en su estado. Por eso, a lo único que aspira Gabriel
M. G. es a sentarse sin ceremonia, ni gravedad, en la sala
caliente de Urgencias, para ver desaparecer de una manera
callada, la luz de su existencia, sin derramar una gota de
sangre, ni verter una lágrima de dolor.
A Gabriel M. G. lo han visto morir en Urgencias
del Hospital Ruiz de Alda, sin prisas, ni apremios a lo largo
de toda la noche del 28 de diciembre. Once horas estuvo su
cuerpo agonizante en el banquillo de espera, postrado con
sumisión y parsimonia en lo alto de una silla de ruedas,
hasta perder todo balance energético, sin que una sola
enfermera, médico o especialista, diagnosticara las
últimas bocanadas de su estertor. Con la cara pálida
como la cecina, caída toscamente para un lado, los
ojos diciendo adiós al mundo y un charco de orina en
el suelo, como mueren los desahuciados, Gabriel M. G. fue
escapando a la vida lentamente, poco a poco, a lo largo de
toda la noche, sin una triste compañía familiar
que pudiera acariciarle o acunarle o ayudarle a pacer dulcemente
su muerte. A las diez de la mañana su alma estaba ya
pronta a cruzar la laguna Estigia y ya sólo distinguía
el chisporrotear de la llama de los infiernos, el clamor del
purgatorio o el canto apacible de los ángeles en el
cielo.
Gabriel M.G. entró la noche del 28 de
diciembre en Urgencias del Hospital Ruiz de Alda, recto como
un poste y tras once horas de derrumbamiento vital, salió
formando un ángulo muerto en la oscura cavidad de su
ataúd, sin la más mínima atención,
reconocimiento o diagnóstico.