| LA
OPINIÓN DE GRANADA Marzo 2005
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La piedad
Hace poco presencié un suceso que me conmovió.
Un perro estaba tirado en medio de la carretera, con las patas
en alto, temblando, boqueando, en los últimos estertóres.
Otro perro se acercó hasta él como para auxiliarlo.
Empezó a lamerle la cara y a mirar a todas partes inquieto.
De vez en cuando gemia, como sintiendo la agonía.
Decía Shopenhauer que la piedad es el
sentimiento más exquisito. No es un estado mental, ni
un principio categórico o semántico, sino un acto
del corazón, una emoción interior. La piedad es
la facultad sentimental de acceso al dolor ajeno. Es un sentimiento
de abandono de nosotros mismos y un acto de entrega al dolor
ajeno. No es ya en nosotros donde sufrimos, sino en el otro.
Es ya en el otro en el que padecemos, es su sufrimiento el que
invadimos con nuestra pasión. Para Shopenhauer no existe
una categoría moral más elevada que esa disposición
del alma, ese estado emocional de pérdida del yo, en
aras del sufrimiento del otro. El hombre compasivo, es el mejor
dotado para las grandezas del espíritu. J.J. Rousseau
dijo tambien: “los hombres nunca hubieran sido más
que monstruos, si la naturaleza no les hubiera dado la piedad
en apoyo de la razón”.
La piedad, no es una pasion sofisticada. Es un
sentimiento, que no precisa grandes dosis de discernimiento.
Se trata también de una repugnancia natural hacia la
maldad en general. La aversión que produce la injusticia,
el aborrecimiento que provoca cualquier la infamia, algo que
difícilmente se apacigua. Nos averguenza presenciar tanta
distorsión grotesca del género humano, tanta desviación
fachosa y mostruosa de su quehacer. Sin embargo, a pesar de
que la piedad es un instinto elemental, el mundo está
lleno de impíos, lleno de inexcitables. Es más
fácil, decía Shopenhauer, encontrar un trebol
de cuatro hojas, que un piadoso. Si en los animales la compasión
es una inclinación natural hacia los de su misma especie,
en la raza humana, esa obra majestuosa del egoismo, raras veces
se encuentran casos tan formidables.
Ahora que se vuelve a rememorar la tragedia del
once de marzo; ahora que reconstruimos tantos dramas humanos
ocurridos tras esa monumental desgracia, desgracia que no es
más que el eco de otra desgracia mucho más amplia,
de una magnitud aún más incalculable, (cada día
en Irak siguen muriendo decenas de personas como ráfagas
y lo hacen con total normalidad, sin casi apercibirnos ya de
ello; casi ya ni los nombramos, ni los contamos casi, es tal
nuestra distorsión de la percepción, tal nuestra
insensibilidad, nuestro grado de habituación al horror,
nuestro enfriamiento); ahora, surge una débil esperanza
en todos aquellos testigos del espanto, que han sido capaces
de entregarse al estremecimiento de los moribundos; todos aquellos
que a pesar de su pavor, en vez de retirarse, han sido capaces
de entregarse a las víctimas, guiados por un sentimiento
genuino de compasión, abrasados por la piedad, conmovidos
por la barbarie, desbordados por la repugnancia ante tanta maldad
y tanto ensañamiento injusto. Suyo es ese drama y esa
transgresión de la norma reaviva nuestra confianza en
la naturaleza humana.
Javier Ruiz Núñez