LA OPINIÓN DE GRANADA Octubre 2005  

 

Putin

“¿Por qué le tengo esa aversión a Putin?” se pregunta la periodista rusa Anna Politkovskaya. “Me producen aversión su vulgaridad, que es peor que cualquier crimen, su cinismo, su racismo, sus mentiras, el gas que utilizó en el teatro Dubrovka, las matanzas de inocentes que se produjeron durante todo su primer mandato como presidente”. En su reciente libro, “La rusia de Putin”, Politkovskaya dibuja un semblante de este dirigente soviético desde la perspectiva de “una moscovita de cuarenta y cinco años que fue testigo de la época más vergonzosa de la unión soviética en la década de 1970 y 1980”. Putin, “tiene la antipática personalidad de un teniente coronel que nunca consiguió ser ascendido a coronel y las maneras de un policía secreto soviético que suele husmear a menudo en la vida de sus colegas”. Un ser siniestro, convertido por azar en un poderoso mandamás que le gusta pavonearse.

El ascenso de Putin al poder, se explica por el estilo y poca popularidad de sus antecesores (“Brezhnev era una figura desagradable y Andropov era sanguinario, aunque se ocultaba tras cierto barniz democrático. Chernenko era sencillamente tonto y Gorbachov nunca llegó a gustar a los rusos. Yeltsin a veces nos obligaba a preguntarnos adonde nos iban a conducir sus andanzas… Y ahora con Putin hemos llegado a la apoteosis”…), por un electorado apático y desinteresado por el futuro de Rusia y por el apoyo de Blair, Schroeder, Bush y Chirac, quienes lo protegieron en su avance incontenible hacia la alfombra roja.

“Le tengo aversión porque no le gusta la gente. Porque nos desprecia. Nos ve como meros medios para la obtención de los fines que se ha trazado, medios para conseguir y mantener su poder personal y nada más. Por lo tanto, considera que puede hacer con nosotros lo que le plazca, jugar con los ciudadanos a su arbitrio y eliminarnos si le conviene. Nosotros no somos nadie, mientras que él, alguien a quien la casualidad encumbró, es hoy el zar, Dios”. Un líder que utiliza prácticas de la antigua “nomenklatura” soviética, que promueve un gobierno tiránico, un sistema judicial corrompido, (“a nadie en su sano juicio se le ocurre ir a buscar protección a las instituciones encargadas de mantener el orden público, porque están corrompidas por completo”), que aúpa a las mafias a las que utiliza para limpiar a sus enemigos y alimentar una estructura capitalista gansteril.

Putin actuó de forma burda y sucia, primero en Nord-Ost, en el Teatro Dubrovska, luego en Beslam. En Nord Ost, ochocientas personas secuestradas por un grupo terrorista Checheno, fueron víctimas de un ataque con gas “cuya composición se ha mantenido en secreto y que fue elegido personalmente por el presidente”, en el que murieron todos los secuestradores y más de doscientos rehenes. En Beslam, una banda internacional secuestró una escuela con más de mil rehenes y Putin aplastó cualquier vía de salida pacífica. “El mecanismo de mando vertical impuesto por Putin y articulado sobre le pánico atroz que generaba la dependencia de las decisiones de una sola persona, era incapaz de salvar una vida, cuando era eso de lo que se trataba”. El cruento ataque con tanques y lanzallamas impulsado por Putin, produjo un sinfín de muertos, muchos de ellos aún no reconocidos. Ahora se recuerda a Beslam y es el momento de sumarse a las voces que reclaman conocer toda la verdad, los nombres de los muertos y las maquinaciones de Putin en tan grosero aplastamiento.

 

Javier Ruiz Núñez

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