LA OPINIÓN DE GRANADA Marzo 2004  

 

Los señores del suelo

“El arquitecto, por el ordenamiento de las formas, obtiene un orden que es una pura creación del espíritu; por las formas, afecta intensamente nuestros sentidos, provocando emociones plásticas; por las relaciones que crea, despierta en nosotros profundas resonancias, nos da la medida de un orden que se siente de acuerdo con el del mundo, determina reacciones diversas de nuestro espíritu y de nuestro corazón; y entonces percibimos la belleza”. Con esta sentencia, comienza Le Corbusier su tratado “Hacia una arquitectura”. Para Le Corbusier, la arquitectura ha de establecer con materias primas impasibles, relaciones conmovedoras. La arquitectura está más allá de lo meramente útil. Está llamada a estremecer, a sacudir emociones, a provocar sentimientos. Es un arte plástico, que hace de lo inerte, de la piedra, el ladrillo, el barro, el hierro, o el cemento, un movimiento que provoca estallido y convulsión, gozo, felicidad, belleza y armonía. Una experiencia llena de sentido, de búsqueda y de intención. A los que dicen que la arquitectura “tiene que servir”, Le Corbusier, contesta, “tiene que conmover”. Por eso su intención está mas allá de la mera concepción utilitaria. Por eso el arquitecto está llamado a cumplir una misión tan excelente y su oficio estético es tan generoso y sublime.

Para Le Corbusier, además, el crecimiento de las ciudades modernas, es un suceso tan severo, que debe ser afrontado con suma responsabilidad y criterio, en base a un “plan” adecuado. “Sin plan” decía “solo hay desorden y arbitrariedad”, “Las nuevas necesidades de la vida urbana moderna, hacen cada vez más importante la presencia de un plan regulador, que armonice el crecimiento sobre la base de criterios estéticos”. Ese plan regulador de la ciudad, del que hablaba Le Corbusier, debe ser tan honesto como ambicioso, pensar e imaginar la ciudad, de manera sincera con emociones pero también con ideas. Y a la vez imponer reglas, establecer límites y restricciones, sobre la base de severos criterios formales, funcionales o ambientales. Por eso la tarea de los responsables políticos del urbanismo, encargados de diseñar y poner en práctica dicho plan, tiene tanta importancia. Es un ejercicio moral de suma responsabilidad.

Sin embargo, la verdadera realidad urbana es más bien penosa. La ciudad no está en manos de los arquitectos, ni de los políticos, ni de los ciudadanos. Son los constructores, los verdaderos artífices del plan urbano. Ellos tienen el poder, el dinero y la propiedad del suelo. Ellos presionan y compran los solares a los ayuntamientos, pagan a los arquitectos y les dicen lo que tienen y no tienen que hacer. Son ellos los que han secuestrado los solares públicos del Cuartel de las Palmas, uno de los lugares de más excelencia de Granada, para construir edificios, sin que el gobierno municipal haga mucho por impedirlo. Son ellos, los señores del suelo, los verdaderos artífices del cambio urbano, los motores del futuro de la ciudad, los gestores del ocio y el negocio, los que construyen centros comerciales y casinos, y los que harán de la ciudad un lánguido desierto de grises edificios, si no hay alguien que lo impida y que les diga lo que tienen que hacer. Lejos de un criterio formal, de una planificación racional, la ciudad crece sin exquisitez, falta de toda imaginación, de todo juicio y criterio, burda y toscamente, a golpe de dinero y estupidez. Por eso es tan importante en las ciudades actuales, sujetas al exceso de crecimiento, recordar a Le Corbusier: “la vida moderna exige un plan, para cada casa, para cada ciudad.”

 

Javier Ruiz Núñez

Reservados todos los derechos - copyright © Javier Ruiz Núñez 2007 - jrn@javierruiznunez.com