Él
Sentada en el sofá, con el cuerpo reclinado
y la barbilla reposando sobre el cuenco de la mano, miré
esa fotografía, la vieja fotografía de él.
Posando altivo y estático, con aquel pañuelo envolviendo
su cuello, y esa mirada decidida de una seguridad casi ofensiva,
ocultando el peso de una vida miserable. El tiempo, que poco
a poco va ocupando de forma silenciosa cada centímetro
de nuestro cuerpo, extendiéndose por toda su fisonomía
y llenándola de pliegues y arrugas, no había sido
capaz de posarse aún sobre el rostro impoluto de aquella
foto.
De repente, sonó el timbre de la puerta.
Miré el pequeño reloj de pulsera que llevaba conmigo.
- Ahí está. Las nueve. No me esperaba
que llegara tan pronto.
Como si tuviera que arrastrar todo el peso del
mundo tras de mi, recorrí el pasillo hasta alcanzar el
vestíbulo. En el viejo espejo de latón, me asaltaron
todas las alarmas. Era mi cara, sorteada de arrugas, con dos
cuevas negras hundidas a cada lado de los ojos. Las mejillas
amarillas y los labios plateados. Al fondo de aquel pasillo
inmenso, la puerta. Vieja, ancha y majestuosa, con amplios cuarterones
y marcos torneados. Cerrada como la tapa de una tumba, guardaba
tras de sí un silencio helado. Descolgué la cadena
del cerrojo, levanté el pestillo de seguridad y giré
con suavidad la maneta dorada. Abrir una puerta es como descifrar
un misterio. Y ese misterio se reveló súbitamente
en forma de figura esbelta, rostro tibio, mirada penetrante,
pelo negro, ondulado y abundante como el de una madonna de Botticelli.
A pesar de que éramos extrañas, un rayo de familiaridad
se cruzó entre nosotras.
- Hola mamá – dijo clavando limpiamente
su mirada sobre mi – he llegado antes de lo previsto.
Es el tren que se ha adelantado. – Sus ojos, como dos
estrellas encendidas, no se apartaban ni un instante de mi vista.
- No importa. Pasa hija… - le contesté
amparando con la suavidad de mis palabras su delicada fisonomía.
Sus manos finas habían acariciado el frío exterior
y lo llevaban aún consigo humeando entre los dedos.
Ella se quedó un instante mirándome.
Me observaba con cautela, con una precaución casi felina.
Finalmente se decidió a entrar. Atravesó todo
el pasillo andando con moderada elegancia, como si temiera tronzar
de un golpe brusco su alma quebradiza. Su abrigo le rociaba
de negro todo el cuerpo, como una penumbra compacta que lo eclipsaba.
Ya en el salón, se quedó inspeccionando todo atentamente,
cobijando ambas manos bajo los bolsillos del abrigo, con esa
mirada cautelosa que se le había quedado incrustada entre
las dos cejas desde su llegada.
- ¿Quieres tomar algo? – le dije
abriendo las manos en un gesto de hospitalidad.
- Si, lo que sea…– Dijo una vez más,
haciendo gala de una inusitada delicadeza. Los genes pasan de
generación en generación creando caprichosas diferencias,
pero siempre dentro de una rabiosa similitud. Aquel rostro pictórico,
que parecía haber salido del diestro pincel de un genio
renacentista, era el emblema de toda una familia, de toda una
saga que parecía haber venido al mundo para posar con
resignada belleza, en las paredes de un museo. Miré una
vez más esa foto como para bucear en la línea
genealógica de mis antepasados.
La dejé ahí y me fui hasta la cocina
para preparar algo. Desde allí la oía como empezaba
a registrar cada rincón de la casa. Como abría
una puerta, y sin penetrar en la estancia, atisbaba en su interior
y luego la volvía a cerrar con la precisión silenciosa
de un cazador furtivo. Al abrir la nevera encontré un
resto de pizza de la noche anterior. Cuando vi a través
de la puerta del horno, que aquel trozo de pizza empezaba a
humear, lo saqué, lo coloqué sobre el plato y
me lo llevé a la mesa.
- He calentado un trozo pizza. Está ya
lista… – le dije en alto para que me oyera.
Nos cruzamos en el salón con un fogonazo
de luz a cuatro ojos.
Se dirigió a la butaca que estaba junto a la mesa, se
quitó con pulcritud el abrigo y lo colocó cuidadosamente
sobre el respaldo. Tras esa concienzuda operación, se
sentó.
- Toma, sírvete tú misma - le dije
poniéndole el plato a su lado.
Después de unos segundos de recogida abstinencia,
se decidió, finalmente, a abarcar con amorosa suavidad,
la redonda finitud del plato, con el cuchillo y el tenedor prendidos
de ambas manos. Mientras comía, yo la observada. La miraba
como una madre mira a su hija. Como un espejo en la que ambas
se contemplan y se ven así mismas asidas a un mismo reflejo.
Ella, mientras, se llevaba, con la volatilidad vaporosa de una
virgen, cada pieza de pizza hasta la boca. Cortaba los trozos
con meticulosidad, en porciones idénticas, con precisión
casi geométrica, buscando en cada corte del cuchillo,
la incisión perfecta. De tanto en tanto, me dirigía
una mirada furtiva con esos ojos oscuros que arroyaban todo
lo que miraban, y esa melena negra y opulenta que parecía
querer salirse de la limitada finitud del cuadro. Esa mirada
glacial, pero inocente y genuína, era para mi, como llenar
el vacío inmenso de toda una existencia.
Tras ese preludio que fue como un paseo interminable
por la eternidad, sentí que había llegado el momento
de deslizarse por el fango.
- Mira… verás…, hay algo que
tengo que decirte… . - Yo creía derrumbarme mientras
encontraba la palabra precisa, con la que destapar esa repugnante
confesión.
Ella escuchaba impasible.
- Me gustaría que entendieras… Se
trata de él…
Sobre su rostro cayó un mortal latigazo
que le segó toda la cara.
- No hablemos más de él…
- Dijo dando un tajo brusco a la conversación.
- No se trata de lo que tu piensas… - Y
mientras iba hablando sentíacomo el mundo entero se derribaba.
– Él no era exactamente un amigo.
–
Y mi mirada aterrizó nuevamente sobre
la cara de esa fotografía que había inmolado mi
existencia.
-…Tú y yo somos casi como hermanas…
¿Entiendes? – Aunque eres mi hija, tu y yo somos
del mismo padre…
Se produjo entonces un silencio majestuoso. Me
sentí como un verdugo arrepentido de ejecutar su condena.
- Nunca me atreví a decírtelo por
temor a que no entendieras… –
Continué diciendo sin que ella apartara
la vista del plato. - …yo no quería. - le dije
con lágrimas en los ojos. Me temblaba la voz, los labios…-
Fue él quien me obligó…- añadí
mirando nuevamente aquella foto – Él llegaba siempre
tarde, siempre de mal humor. Haciendo gestos hilarantes y fumigando
alcohol. Echando peste por la boca cuando mama se interponía
entre él y la bebida, dando manotazos y tirando todo
lo que había por encima. Entraba en mi habitación,
me miraba, me sonreía, me acariciaba. Hablaba de mi núbil
belleza con aquel aliento a podrido. - Decía que yo era
como una musa. – Y notaba al decir esto como me faltaba
la respiración. – Hasta que un día se echó
sobre mi cama…me despojó las sábanas…me
destrozó el vestido…me forzó… Aún
hoy recuerdo su cuerpo gordo y sudoroso, su aliento asqueroso
sobre mi cara…Aún hoy temo escuchar el cerrojo
de la puerta, oir el sonido de sus pasos atravesando el pasillo,
como un despiadado malechor. Aún hoy, después
de más de veinte años, tiemblo ante el olor del
alcohol, y ante el rastro repulsivo que deja el humo de tabaco.
La vida es como un sable siempre en alto, siempre en ristre,
esperando a caer sobre nosotras y extirpar lo más querido
y lo más hermoso que tenemos, para mostrar su excepcional
fragilidad.
Fue como si temblara todo el suelo bajo nosotras
con el bramido de aquella confesión…
Aquel rostro candoroso que tenía frente
a mi estalló de repente en un llanto convulsivo, igual
que estalla una taza de porcelana hundida entre unas manos enfurecidas
por el odio y el espanto…
Javier Ruiz Núñez