La llamada del estrecho

–¡Esta barca apesta! –dice Said escupiendo con desprecio en la palma de la mano. Maouline Mahouff calla. –¡Todo el océano apesta! –dice frotando las manos después entre sí. Al soltar el mando del motor, la barcaza impacta contra un ola.
–¡Vas a hacer que nos hundamos! –grita Ibrahim, su ayudante.
–¡Es la negra que me pone nervioso! –dice el raïs –¡Ojalá caiga al mar y se la coman los tiburones! –Tiene la boca entumecida del hachís. Por eso tiene que quitarse la saliva de encima. Desprecia su trabajo, todo el día acarreando negros por el estrecho, desprecia a su patrón, ganando tanto dinero con ese negocio y se desprecia a si mismo, amarrado a esa forma de vida denigrante e infame. El hachís le serena.
–¡Si te oyera “El lobo”…! –dice Ibrahim.-“El lobo”, es el apodo con el que se conoce en todo Marruecos a Mohamed Ashlim, un magnate poderoso que controla gran parte del negocio del estrecho. Se dice que todos los negros y todo el hachís de Marruecos pasan por sus manos. Por esa razón todos le quieren mucho, los polis, los guardacostas, los políticos, los aduaneros. –La negra paga mucho dinero por poner su culo en esta barcaza –sigue diciendo Ibrahim –Y a ti y a mi nos pagan para poner el culo de la negra al otro lado del océano. Así que ya sabes lo que tienes que hacer…
–¡Me importa una mierda esta negra! ¡También por el hachís pagan buenos dirhams!–Añade el raïs con desdén mirando los fardos amontonados en el suelo. –¡Y aquí hay unos buenos kilos! ¡Eso si que es un buena mercancía!…

Mirando todo aquel lote de hachís envuelto en papel de plata, Maouline Mahouff piensa en los suyos, apiñados en la chabola de su aldea, esperando llevarse algo a la boca. Recuerda como empezó su periplo, el día en que llegó a la aldea un joven, enjuto de ojos oscuros y tez morena. Extenuado tras recorrer largas jornadas andando por el desierto, dijo que había hablado con el Cadí de la zona. Traía papeles y recomendaciones que enseñaba. Junto a la fuente seca, en una tarde lenta y calurosa, la familia de Maouline Mahouff le ofreció agua y comida y le invitó a pasar a su choza. “Nadie quiere morirse de hambre entre estos roquedales.” –Dijo el joven con la tez quemada por el sol…–“El estrecho es peligroso, pero es preferible ser comidos por los peces antes de quedarse aquí…”–dijo– “Aquí no hay más que miseria por todas partes.”

Habló de su pueblo, encerrado entre los bosques del Rif, del negocio del cannabis que cultivaba su familia. Y de su asco hacia la vida que llevaba. –“Esto no es vida para un joven como yo. No quiero pudrirme tan joven en este agujero”. Sus palabras sembraron la excitación en la mente de Maouline. –“Habla con Omar.” –Respondió el joven, cuando Maouline le preguntó, más tarde, a solas, que había de hacer para emprender ese viaje. –“Vive en una dar en Ksar de Seguir. Dile que vas de mi parte. Él tiene buenos raïs a su cargo…él controla las embarcaciones…” –Dijo mirando para todos lados por temor a que la gente de aquel poblado escuchara. –“Se viaja en modernas zódiac, rápidas y seguras. Si las condiciones son buenas y el viento favorable, el viaje puede realizarse en solo unas horas.” –Le dijo– “Mi hermana está enferma. Cuando sane me iré de aquí. Fuera de aquí podré alimentar a mi familia. Les enviaré dinero. Ahorraré todo lo que gane y luego se lo mandaré a ellos. No tengo nada de dinero para pagar ese pasaje, pero me haré con unos dirhams y me iré de aquí…¡qué son unos dirhams si consigues salir de este agujero!”.

–¿Has oído algo, Ibrahim? –dice Said, el raïs, levantando la vista al horizonte.
–No, yo no oigo nada –responde el magrebí incómodo.
–Es como si gritara alguien allí abajo… –Dice mirando el océano con asco.

Le ocurre a menudo. De vez en cuando, navegando por aquellas aguas siniestras, escondiéndose de las patrullas, evitando a los guardacostas, luchando contra el miedo a la noche, a los tiburones o a morir ahogados, oía gritos saliendo del agua. Como si todo el océano estuviera lleno de negros gritando…

–¡Es el hachís que te ha vuelto loco!

Pero el raïs está seguro de que no es el hachís. Está seguro de que lo que oye no son alucinaciones. Aquello que oye son gritos auténticos. Tan reales y auténticos como los cabestros que tienen atada a la negra a la embarcación. Esos chillidos vienen de alguna parte del océano… ¡Está seguro de ello! ¡Tan seguro como la navaja que lleva amarrada a su talle!

Echa la mano hacia ella y palpa su fría envoltura anacarada. Ese largo canivete, es parte imprescindible de aquel negocio lleno de imprevistos. La navaja puede resolver de un tajo, cualquier molesto incidente. Aquella sensación le serena.

–Podían quedarse allí, –dice toqueteando de modo nervioso la cuchilla…– en sus chabolas y dejarnos en paz, cultivando nuestro hachís y faenando con los pesqueros. –Y escupe otra vez al suelo con asco…–Ya nada es como antes con estos negros. Parecen salidos del infierno.

En Ksar es Seguir, un hombre entrado en años habló a Maouline Mahouff del estrecho. –“Si, si te entiendo…De todo el desierto viene mucha gente como tu… –le dijo el viejo señalando la pequeña puerta de su riad desde la que se alcanzaba ver el horizonte del océano –“Pero hace falta mucho dinero para cruzar a la otra orilla…–dijo con parsimonia manteniendo un vaso de té en sus manos.” –“¿Cuanto?” –Inquirió precipitadamente Maouline…–El anciano la miró fijamente. Sorbió su té y sonrió mostrando su amplia dentadura llena de dientes de oro. –“Un pasaje no es barato”. –Dijo murmurando…–“Hay que pagar al raïs, a la barca. Pagar el gasóleo y el motor. Hay que tramitar las aduanas, obtener papeles y permisos”. –La voz del viejo adquirió de pronto un tono increpante.- “¿A que no tienes papeles? Pues para llegar allí necesitas papeles. ¿Tampoco llevarás muchos dirhams encima…?” –le dijo con un tono amenazante. –“¿A qué no llevas muchos dirhams encima? Pues para llegar allí necesitas muchos dirhams. Vete al Rif, muchacha, trabaja para nosotros, en el hachís, sin esos dirhams encima, jamás escaparás de este agujero.”

Maouline Mahouff trabajó durante meses en el cannabis en una pequeña aldea del interior del Rif, entre Ketama y Fez, uno de los lugares de Marruecos donde el cultivo de esa planta se mantiene aún floreciente. De ese negocio amparado por las mafias, vivían míseramente muchos campesinos. Allí trabajó hasta el cansancio, a veces sin dormir, con la idea fija de hacerse con ese pasaje. Estaba decidida a pagar lo que fuera, contratar las mejores embarcaciones, alquilar los raïs más experimentados. Pagar una cantidad extra, si hiciera falta, para ganarse el aprecio de los que controlaban el negocio, los grandes jefes mafiosos. Y también comprar a los polis, a los aduaneros.

Tras muchos meses de ahorro y esfuerzos, Maouline Mahouff volvió a ver, otra vez, a aquel anciano. Lo encontró sentado bajo un pequeño murete de su riad acosado por el humo del tabaco. Tras mirarla largarme y saber como le habían ido las cosas en el Rif, quiso saber la cantidad de dirhams que llevaba encima. Después se aseguró de que aquellos dirhams pasaran a su bolsillo. Tras el éxito del comercio, el viejo se dispuso a relatarle los pormenores. Sacó del interior de su chilaba un mapa, lo extendió sobre el murete y señaló a Maouline los puntos posibles de embarque que se situaban en lo mas estrecho del estrecho, la zona “entre el Cabo de Espartel y Beliocnech, cerca de Ceuta, puntos” –dijo señalándolos en el mapa –“como Cabo Malabata, Norisa, Ksar Seguir, Diki y Daliya, que ponen a la costa española a pocas millas de navegación.” –Le dijo– “Otras zonas de paso –dijo el viejo y sus indicaciones excitaban el ánimo de la muchacha –están en Melilla, entre el Cabo de Aguas y Beni-Enzar y el Cabo de Tres Focas. Puntos estratégicos como Bocana, Kaiza o Azqueman. La ruta más larga es hacia Canarias…” –Le dijo después…–“una travesía de 110 kilómetros y más de 24 horas de navegación. Es la menos utilizada por las pateras. El trayecto a Canarias desde Sidi Ifni, es largo y peligroso” –dijo finalmente mirándola a los ojos –“La mayoría nunca llegan. Esas antiguas barcazas de madera vuelcan fácilmente y se hacen trizas cuando se levanta un poco de oleaje. ¿Me entiendes muchacha?” –Dijo por fin, con satisfacción –“Uno de nuestros mejores raïs, Said, el más experto, y el de más confianza, te llevará a las costas españolas de Tarifa. Ese raïs, Said, es un mago. Dicen que está poseído de baraka. Con el viajarás segura. Con él todos los negros viajan seguros. Tiene fama en todo el estrecho. Con Said no tendrás problemas, muchacha…te lo aseguro.”

Tras cerrar el mapa, el viejo le explicó que la embarcación zarparía pronto. Una vez en Tarifa los esperaría alguien que les ayudaría a esconderse en España. “La zódiac es grande y buena…”– dijo finalmente –“Buena y segura. El raïs es de confianza y la embarcación es segura…¿Me entiendes muchacha? No tendrás problemas, ningún problema, te lo aseguro, muchacha, tienes mi palabra…”

La barca se desliza solitaria en medio del océano. El raïs mira fijamente al horizonte y de tanto en tanto desvía la vista ansioso hacia Maouline Mahouff, como si en su cabeza bullera alguna idea descabellada. El delgado cuerpo de la negra le pone nervioso. Permanece reclinado en aquella extraña posición a la que le obligan las cuerdas con las que va atada. Maouline Mahouff mira el rastro de espuma y piensa. “¿Cuánto ha transcurrido desde que salieron de la playa arenosa de Uad Amma Fatma? ¿Una hora? Quizás más”…La cabeza le da vueltas…Recuerda a su familia. En silencio entona sus nombres. Mueve los labios en la oscuridad, mecánicamente. ”Es extraño todo esto”.

–¿Tu has visto alguna vez a “El lobo”, Ibrahim? –pregunta Said, sin quitar la vista del horizonte. –¡Diez años trabajando para él y jamás he visto su sucia jeta!
–¡No hables así de él! –responde Ibrahim aterrorizado, mirando hacia todos los lados. –Tiene ojos y oídos en todas partes. ¡Y también dientes!
–Es que me pone nervioso trabajar para alguien que no conozco –vuelve a decir el raïs. –Me gustaría verle su sucia jeta. ¿Cómo es que no he visto aún su jeta asquerosa?
–¡El lobo se esconde como las lagartijas en cualquier agujero! –contesta el otro magrebí –Sus jeeps recorren el desierto reclutando moros y negros, mientras él controla todo el negocio de Marruecos. Pero da igual quien sea y donde viva mientras pague… Siempre habrá negros y moros incautos, que quieran pagar todos sus ahorros, por pasar al otro lado. ¡Moros y negros a los que engañar y birlar todos sus ahorros, para luego acabar como fiambres! –Tras una pausa, añade con aire misterioso –Todo este océano es como un cementerio –afirma elevando la mirada errático a lo largo de las negras aguas. –El cementerio de todo el África negra está aquí abajo… –Y al terminar de decir eso el magrebí que viaja sentado en un lateral junto al remo, introduce la mano en el agua, se la lleva al pecho y lanza al frente un rezo ceremonioso.
–¿Tu sabes lo que se gana ese cerdo con la negra? –Le dice Said impetuoso. –Seguro que esta negra ha pagado a “El Lobo” más de diez mil dirhams… ¿Qué dices negra, es eso, no es eso?
Maoline Mahouff mira al raïs y no dice nada…
–¡No contesta! ¿Has visto? –Dice el raïs cada vez más colérico… –¿Cuánto te ha pagado a ti por venir aquí, eh? ¿Cuánto, di? ¿A que no te ha pagado ni una centena de dirhams…? ¿Ves, joder? ¿Lo ves? Ese cerdo del lobo hace negocio con nosotros…¡Todo este océano apesta!
Ibrahim se ha puesto ha achicar el agua de la barca con un bote. No quiere ni hablar del tema.
–Estoy pensando en independizarme…¡Eso es! ¡Largarme de aquí para siempre…¡Independizarme! Que estos negros se busquen a otro…¡Said ha dejado el negocio! ¡Que se enteren todos! ¡Que corra la voz por todo Marruecos! ¡Said está harto del negocio, harto de que otros vivan como reyes a su costa, mientras él se juega la vida pasando negros por el estrecho y se ha largado con viento fresco…!
Los recuerdos irrumpen nuevamente en la mente de Maouline Mahouff . –“Has de ir de inmediato hasta El Aaíun” –le dijo el viejo tras el teléfono, una noche, en Alhauín. “y una vez en esa ciudad ir a un viejo hotel, junto al antiguo cementerio católico. Viajarás hacia Canarias” –le dijo –“desde una playa de Uad Amma Fatma”. “¿Problemas?…Ningún problema” –dijo la voz al oír a Maouline Mahouff temblorosa. – “El lobo nunca quiere problemas.” Cuando llegó a ese viejo hotel en Aaíun, Maouline encontró un garito siniestro. Por la entrada, en el suelo y las escaleras, se apostaban un grupo de mujeres africanas. Algunas de ellas mecían bebés en sus brazos que lloraban quejumbrosos. En los rostros de aquellas mujeres se resumía toda la miseria del continente. –“Se de lo que hablo” –Dijo una de aquellas mujeres al ver a Maouline –“No es la primera vez que lo he intentado. La última vez fue con otras diez más que venían de todas partes, Camerún, Malí, Nigeria. Nos dijeron” –contaba la mujer– “que viajaríamos en unas zódiac modernas. Pero cuando salimos nos embarcamos en una patera vieja y destartalada que volcó con el primer oleaje, echándonos al agua todos los que íbamos a bordo. Dijeron que llevaríamos chalecos salvavidas, pero la mayoría no llevaba y murieron ahogados. Nosotros somos un buen negocio para ellos. Por un fardo de cannabis, ganan dos mil dirhams, pero por cada negro que montan en su patera, cobran hasta diez mil. Para ellos somos un comercio que genera muchos beneficios, con los que se compran buenos coches y lujosos chalets a la orilla de la costa.”

–¿Pero que estás diciendo? -Dice Ibrahim.
–¿Ah, no? ¿No te lo crees no? ¿Es que te crees que no soy capaz?
–Te has vuelto loco. Se te pasará…
–¡Pues claro que soy capaz! ¡Desde luego que soy capaz! ¿Es que acaso no tengo yo más cojones que ese cerdo? ¡Ese cerdo de “El Lobo” no tiene lo que hay que tener! ¡Eso te lo aseguro! ¡Pero yo si…para eso y para más, y sino ya lo verás…! –Dice mientras escupe en el suelo…–Creo que ha llegado mi oportunidad, Ibrahim…Lo veo en el ambiente…–Dice inflando las aletas de las narices con solemnidad… –Estoy harto de todo esto,…¡Da asco! ¡Puaj! –Luego mira con severidad al otro magrebí …–Tu y yo haríamos buenos negocios con todo esto…–Mira los fardos que hay en el suelo y sigue diciendo…–Piénsalo Ibrahim…–Vuelve a decir llenando de aire los pulmones –No necesitamos a “El Lobo”, eso desde luego…No necesitamos a “El Lobo” para nada, piénsalo Ibrahim …Piénsalo…Tu y yo tenemos cojones para eso y para mucho más…
–Te has vuelto loco…
–¿Loco? ¡Tu si que estás loco!

Said está haciéndose viejo. Y cada día que pasa siente que es un día menos para aprovechar su oportunidad…La oportunidad de vivir a su manera, sin nadie de quien escapar, a quien dar explicaciones, de quien sentir miedo.

Maouline Mahouff ve como la barbarie viaja con ella. Ve la barbarie por todas partes, saliendo de los brazos fornidos del perturbado marroquí, brillando en el filo de la navaja que se ciñe en su cintura, flotando entre los fardos de hachís expuestos con obscenidad, a la vista de cualquier patrulla. Ve la barbarie en la sonrisa del raïs, tan taimada y tan demente que hiela la sangre. Ve la barbarie chirriando entre el armazón ajado de la barca. Ve la barbarie en la agonía ruidosa del motor.

La oscuridad de la noche es ahora angustiosa. Ninguna luz, ningún resplandor en el horizonte que alivie un poco. Recuerda entonces, la hora de su partida, los densos nubarrones, y como se acercó hasta ella Said, inquieto y alucinado y como le increpó con violencia a que se subiera a la barca, que estaba varada en la orilla de la playa. –“¡Yallah, yallah! ¡Deprisa, deprisa! Mira ese cielo, ¿lo ves?” –gritaba, Said, el raïs, horas antes, en la playa de Uad Amma Fatma, instándola con nerviosismo a subir al bote. A Maouline se le quedaron grabados, entonces, los ojos de aquel raïs. ¿Por qué le viene ahora la imagen de los ojos del raïs? ¿Por qué los recuerda con tanta nitidez y claridad? Eran los ojos de un animal que olía de cerca el matadero. El raïs, luego, la subió a la embarcación. La cogió por los hombros y le ordenó que se sentara. Maouline no opuso ninguna resistencia. Luego le asió las muñecas a las anillas de los remos. “¿Sabes de que están hechas estas cuerdas? Del espíritu de baraka. –Gritaba con los ojos cerrados, como en trance. Maouline pensaba para si…”Que clase de hombre es ese que me grita así, que me chilla y me trata de ese modo?” –¿Sabes lo que es la baraka, la suerte, el espíritu de la suerte que ahuyenta la muerte, negra. ¿Comprendes, negra?” –Maouline le miraba estupefacta. El raïs continuaba chillando.– “¡Eh, negra, aquí nadie se salva del miedo!” –gritaba mientras la ataba con sendas cuerdas a los anclajes oxidados. –“miedo a las patrullas, miedo a morir ahogados, miedo a ser prendidos. ¡El miedo es mi salario, me pagan para esto, para vivir con este miedo! ¡Pero con estas cuerdas viajarás segura! ¡De modo que alivia esa cara, negra!” –Gritaba– "¡Conmigo todos los negros viajan seguros¡ No hay tormenta ni ola mala que los tire al agua…¿Entiendes, negra? –Una vez terminado, el raïs sentenció –Llegarás a Canarias, eso te lo aseguro. ¡Me pagarán por ti una mierda, eso desde luego! ¡Pero qué mas da lo que me paguen! Esa es la regla en este negocio” –Exclamó mientras apretaba los nudos con fuerza para asegurarse de que no se soltaran.

La costumbre del raïs era conocida en todo el estrecho. Se decía que Said el raïs era uno de los únicos conductores con los que se podía viajar seguro en el estrecho. Uno de los más profesionales y experimentados de todo el estrecho. Y Said garantizaba su fama viajando con los negros de esa forma, atados con gruesas maromas y fuertes nudos a la embarcación, para impedir que se precipitaran al agua con un golpe de marejada. Era su manera personal de hacer su trabajo en ese ponzoñoso negocio. Esa forma de viajar le serenaba.

Viendo a la negra atada a la barca a Said se le pasa una idea por la cabeza. La idea de soltar amarras, echar lastre, liberarse…
–¿Y si echamos a esta negra por la borda? –Para él la vida de Maouline Mahouff valía bien poco. En general, la vida de cualquier negro vale bien poco en las turbias aguas del estrecho. Vale unos pocos dirhams y la escancana de una mala noche de navegación por esas turbulentas aguas. Pero la de aquella negra débil y asustada, resultaba para Said más molesta e inoportuna. Esa negra delgada hasta los huesos se le ha escañado desde el primer momento en que la vio. Su aspecto depauperado le produce asco y rabia. Le ha venido a la cabeza la idea de desembarazarse de ella y la idea aquella parece que le alegra. Ya no puede quitársela más de la cabeza. –Lo que yo digo…En todos estos fardos hay más de diez millones de dirhams… –continua ahondando en el tema. –¡Diez millones de dirhams! ¿Sabes lo que son diez millones de dirhams? Tiramos a la negra, Ibrahim, y nos largamos a Canarias a vender esos fardos.

La idea le coge desprevenido al otro.
–No hablarás en serio…
Los ojos de Ibrahim destellan de excitación.
–“El Lobo” no sabrá como arreglárselas con nosotros, Ibrahim. –Insiste nuevamente el raïs con seriedad. –Será un golpe de efecto. Cuando lleguemos, hundimos la patera. Encontraran la patera y quien sabe si el cuerpo de la negra. Pensarán en un accidente como tantos. ¿Quién se va a enterar? Nosotros nos largamos con viento fresco. Y con todo ese dinero, podemos ir bien lejos, oye, bien lejos…¿Me oyes? México, Filipinas…¿Por qué no México o Filipinas? ¿Es que no podemos nosotros vivir como marajás allí en México o Filipinas? ¿Alguien nos va a encontrar? ¿Qué dices, oye? –Aquella idea se va poco a poco desenredando en su cabeza. A medida que piensa en ella, se hace más real y definida. Es como destrincar el complicado nudo de un amarre. Su corazón late más deprisa cada vez. Está cada vez más contento y excitado. ¿De donde viene ese deseo incontenible?
–Quiero largarme de aquí. ¡Largarme con viento fresco! –Continua hablando. Luego escupe otra vez sobre las manos, se las frota y vuelve a agarrar los mandos del motor. Luego se lleva las manos al bolsillo de su anorak. –¿Llevas ahí tu pasaporte? ¡Te dije que lo trajeras!
–Lo tengo, si, ¿Qué pasa con eso?
–Aquí esta el mío, …¿Lo ves? No es que lo pensara antes de salir…Pero ahora, mira que bien. Como si lo hubiéramos planeado todo. ¿Ahora si entiendes? –Levanta en alto el pasaporte…– ¿Quién nos va a cazar? …Nadie se preocupará de un par de moros limpios, con trajes nuevos, viajando al otro lado del charco…
Al oír aquello, Maouline Mahouff se apretuja en el fondo de la barca. Está aterrorizada. Los fuertes nudos marineros le producen llagas y el gasoil que escupe el motor le salpica la cara. Se ve a si misma atrapada en una enorme boca de dientes afilados, negros, sucios, malolientes, corrompidos, esperando cerrarse de un golpe sobre ella. Se ve así misma errando sin rumbo, sin una mínima luz, sin una salida.
–Esta ya ha pagado su pasaje –vuelve a decir el marinero incando aún más los dientes en la idea, mientras se guarda el pasaporte en el bolsillo. Luego se levanta de un impulso, dejando la barca a la deriva.
–¡Pero que haces? –Dice Ibrahim asustado…
–¡Lo que yo te he dicho! Tiramos a la negra por la borda, joder, y nos largamos con esos fardos! ¿Es que no te das cuenta? ¿Tu crees que al lobo le importa una mierda el culo de esta negra? ¡No no le importa una mierda, me cago en la puta…! ¡Y que cojones, a mi tampoco! ¿Lo oyes? ¡Vamos, vamos! ¡Para qué seguir así!
Sin poder contenerse por más tiempo se lanza hacia Maouline. El empuje vital de Said es de naturaleza física. Se trata de una energía musculosa que proviene de la fuerza y potencia de sus bíceps y que actúa como el auténtico vector que dirige sus actos. La barcaza se mece como un cascarón a merced de las olas. Evitando caerse, Said saca de las cachas su navaja y con su largo filo, corta las cuerdas que aferran a Maouline Mahouff. La coge, después, por las axilas y la levanta hasta erguirla.
–Te vamos a dejar aquí…¿me has oído, negra? Pero no debes preocuparte, no te ocurrirá nada…¿Me oyes? Este mar esta lleno de guardacostas. No tengas miedo, no, no te pasará nada…¿Me oyes? Eso es. Ahora mira. Te pones esto. –Y se quita su propio chaleco salvavidas. Con el meneo de la barca le cuesta un poco de esfuerzo. Por fin, introduce uno de los brazos de Maouline por la manga. –Con esto no te vas a ahogar, eso te lo aseguro. Si resistes a la mañana, cuando se haga de día, te recogerán las patrullas costeras. ¿Sabes? –Así está mejor. Bien. –Le da varias palmadas en los hombros como para animarla. –Cuando veas un barco, le haces señas…Así –Gesticula con las manos! Gritas fuerte…¡No te pasará nada, negra! ¡No me mires así…! Y ahora, ya lo sabes, voy a tirarte al agua! ¡Al agua! ¿Has oído? –La coge otra vez por los hombros y la zarandea. –Joder no me mires de esa forma? ¡Vamos…al agua, vamos…vamos…!

Los brazos nervudos del raïs, llevan sendos tatuajes a ambos lados. Ha viajado durante años limpiando cubiertas en un mercante y aquellos tatuajes son el recuerdo de esos años marineros. Con toda esa potencia pulsando en los antebrazos, el fino y delgado cuerpo de Maouline Mahouff resulta un liviano guiñapo, sin embargo Maouline forcejea y se resiste. El otro magrebí, mira a su compañero y le deja hacer, sin atreverse a actuar. El raïs la zarandea nuevamente con mas violencia. Maouline protesta, gime, se resiste.
–¡Basta ya negra! ¡Deja ya de quejarte! No te resistas y tírate al agua, que va a ser peor…! ¡Venga, vamos, al agua!
Maouline forcejea e implora al raïs con desesperación para evitar que la tire por la borda. Pero al final se deja vencer por la fuerza con la que el raïs la maneja y cae al agua. Intenta asirse al bote, pero el raís le golpea las manos, para que se suelte…
–¡Dale al motor Ibrahim, vamos, dale al motor! ¡Aléjate de aquí, vamos, aléjate!
El otro magrebí se moviliza empujado por las órdenes de Said. Coge el mando del motor y acelera. Pone rumbo hacia las islas.
–¡Si ves un barco, grita…! ¿Me oyes, negra? ¡No te pasará nada! –Chilla el raïs mientras ve como Maouline alza las manos para pedir ayuda…
Al verse sumergida entre las gélidas aguas, Maouline Mahouff siente como todo su cuerpo empieza a temblar. Tiene los pies desnudos y fríos y se mueven en el interior del agua, como peces agitados.

Extenuada Maouline se deja llevar por un mar hostil, flotando, mientras ve como la barcaza con los dos marineros huye como una exhalación saltando por las olas como un animal embravecido, hasta perderse a lo lejos.

Javier Ruiz Núñez

 

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