El móvil
- Hola Luis. Llámame por lo que más
quieras. Mi marido ya no está. Fue más fácil
de lo que esperaba. Necesito hablar contigo cuanto antes. Te
quiero.
Quedé sorprendido al escuchar ese mensaje.
Pulsé el botón de mi móvil y colgué
la línea.
Contemplando la taza de café que descansaba
sobre la mesa, pensé en cómo se habría
podido producir aquella llamada. Es posible que esa mujer marcara
un número equivocado.
Dejé pasar aquel hecho y alcé la
mano hacia la taza de café que me esperaba. Sorbí
un largo trago. Espléndido. Me gustaba aquella sensación.
Una taza de café de porcelana, albergando esa deliciosa
bebida matinal, reposaba entrelazada entre los dedos de mi mano.
Esa sensación me producía una invisible seguridad.
Mi mano soportando el peso de una taza de café. El color
de ese líquido, ese color dorado resultado de una precisa
combinación. El sabor, ese suave sabor amargo que tan
rápido se cuela en el paladar. Y la temperatura, la cualidad
que hace que se deguste suavemente, sin brusquedades.
Para olvidar aquel suceso, me distraje observando
la serena quietud que reinaba en la calle. Una señora
varaba sin rumbo acompañada de su perro. Un caniche de
esos que en invierno se visten de lana. Yo tuve uno como ese.
Era un chucho odioso. Se meaba en todas partes de modo que al
final, se lo regalé al vecino. Todos los días
le veía salir a la calle con él. Mi antiguo perro,
se había alojado de una manera natural en el piso del
vecino, acomodándose rápidamente a su solitaria
existencia. Así son las cosas. En la vida todos mudamos
de hogar y de compañía alguna vez.
Me recliné sobre la cómoda butaca,
y miré a mi alrededor para divisar al camarero. Lo vi
ajetreado entre las mesas del comedor que se encontraba frente
a mi. Levanté la mano visiblemente, para hacer notar
mi presencia.
- Un día estupendo, ¿no es así?
– le dije – El mejor de los domingos. Esto es para
uno como empezar la vida de nuevo… un buen café,
un buen periódico, y este sofá que es como un
lujo para mi deteriorada fisonomía…
- No se queje, que la vida no le ha tratado tan
mal.
- No, no, desde luego que no. No me quejo. Si
muero algún día, Dios quiera que sea bien tarde
y que sea aquí, en este lugar - y diciendo esto, me recliné
nuevamente como para reconfortarme con la idea. Aquel club selecto
y reservado, había llegado a ser para mi, como una segunda
casa.
Y yo era para ellos un huésped de honor,
al que saludaban cada mañana cuando anunciaba mi llegaba
con la campanilla que colgaba en la entrada. Era aquella una
de esas pocas circunstancias, que aún hacían que
la vida me resultara agradable.
Ajusté una vez más mis glúteos
sobre el sofá de orejas abiertas y escondiendo mi rostro
entre las hojas del diario, me dispuse a emprender la lectura,
albergando la esperanza de que ningún otro suceso la
interrumpiera. Sin embargo, no hice más que recostarme,
cuando sonó de nuevo la molesta alarma del teléfono
móvil que se apoyaba sobre la mesa. No sin enfado, aparté
la vista del periódico, levanté ligeramente la
mirada hacia él, me atusé el bigote y vi como
destellaba la pantalla. “Será ella nuevamente”
– advertí con molestia. Acerqué el móvil
para leer el numero que aparecía reflejado. “Así
es” – concluí – “es ella otra
vez”.
Dejé sonar la alarma unas cuantas veces.
Dudé si responder. ¿Qué le diría?
¿Mostrarle mi enojo? Preferiblemente era mejor esperar.
La llamada insistía. A la séptima vez, el aparato,
dejó de sonar. Noté entonces un fuerte alivio.
Ahora saltará el contestador.
“Luis, cariño, necesito hablar contigo.
Llámame. Sé que estas ahí. Lo sé.
Dime algo. No puedo aguantar más esta situación.
Tu lo planeaste, no me dejes ahora aquí, tan sola con
todo esto… Llámame. Te quiero.”
Cuando esa voz volvió otra vez a mis
oídos, sentí como en todo mi ser cundió
la alarma. Se trataba de un mensaje comprometido. Un error desde
luego. ¿Debí haber contestado? Me asaltó
la duda y poco a poco se adueñó de mi un avivado
malestar. Temí entonces que mi turbación no pasara
desapercibida. Decididamente aquello empezaba ya a incomodarme.
Una situación embarazosa. Del todo molesta. Interrumpir
de aquella manera mi descanso matinal. Los móviles producen
a veces situaciones no deseadas. Como ésta de ahora.
Y mientras así pensaba abrazaba con un manoseo nervioso
ese aparato plateado.
Volví a dar otro trago a la taza de café
que se quedó colgada en el aire, esperando a ser acogida
nuevamente en los labios. Ese café reunía dentro
de si, todos los ingredientes necesarios de una buena mañana
de domingo. Como la de ahora, si no hubiera existido esa llamada
incómoda, que hacía que necesitara aún
mas de la certeza de ese líquido oscuro fluyendo lentamente
en el paladar.
- ¿Cómo anda la úlcera esta
mañana? - me entonó el delgado camarero que llevaba
las bandejas como un torero buscando el clamor de la plaza.
- ¡Oh! Mejor, gracias – respondí como buscando
el burladero.
A veces uno se olvida de quién es, hasta
que no le asaltan los demás con ese tipo de preguntas
de obligada cortesía. Un dolor de úlcera. Lo había
olvidado. Aquella úlcera me hizo mudar de oficio. Sentarse
cada día en la mesa de un juzgado es como tener que deliberar
a cada momento sobre el bien y el mal que habita en cada individuo.
Una responsabilidad que puede llegar a ser una carga pesada.
Se acostumbra uno a indagar detrás de los rostros, a
descubrir las cualidades que cifran el curso de su comportamiento.
La manera en que se sube al estrado, en que se componen los
argumentos, en que se llora, se ríe o se oculta una mentira.
Cada vida es un secreto. Y uno era, en cada ocasión,
como un paciente investigador, dedicado a extraer y extirpar
ese secreto, como el que saca una piedra del riñón
o el que elimina un tumor. Igual que un buen cirujano, llegué
a hacerme insensible. No era para más. Y esa úlcera,
no era para menos.
- ¿Señorita? He recibido esta mañana
una llamada equivocada a mi móvil. Se ha repetido en
varias ocasiones. ¿No hay manera de solucionarlo? ¿Que
cuál es ese número? Ahora mismo se lo indico.
- Le enumeré una a una todas las cifras de aquel teléfono
grabado en la pantalla y esperé. ¿Cómo
dice? – continué - ¿Que si conozco el titular
de ese número? Por supuesto que no. ¿Cómo
habría de conocerlo? Es la primera vez que recibo una
llamada como esa. Haga usted todo lo posible para que no se
vuelva a repetir – supliqué a la operadora.
Volví otra vez al periódico, chasqueando
un poco los dientes. Difícilmenteiba a quitarme aquel
asunto de encima.
El camarero irrumpió otra vez como un
danzarín en escena, tropezando con mis pensamientos con
ademán de querer entrar en conversación.
- ¿Otro café? Parece que este le
ha quedado un poco corto.
- Venga, adelante. - El camarero permanecía
allí esperando a que yo lanzara la primera pregunta.
Me hice el despistado, de modo que fue él quien comenzó.
- Por cierto, ¿que le parece el caso de
ese cadáver que han encontrado en el barrio? Ha salido
en todos los periódicos. Por lo que se ve se trata de
un farmacéutico.
– ¿No me diga? La verdad, no sabía
nada .
- Así es – Me contestó dando
toda la impresión de que el eje de la conversación
no había hecho más que empezar a girar –
Desde ayer, que no le quito ojo a ese asunto. Aunque yo, que
no es que se me iluminen mucho las ideas, tengo mi propia teoría.
- ¿Ah si? ¿Y bien? – continué
dándole un poco a la manivela… Quería recoger
información, y aquel camarero, a todas luces, la llevaba
bien servida en la bandeja.
El camarero entonces se inclinó ligeramente
hacia mi, como para no ser oído y apartó la bandeja
hacia un lado. Tenía unas manos trabajadas por el agua
y el lavavajillas.
- Fue su propia mujer la que lo mató –
afirmó con solemnidad
- ¿Cómo dice? – pregunté
frunciendo el entrecejo con cierta desazón
- Así como se lo digo. Y no soy quien
para decir esto. Sabrá usted mucho más, que ha
visto cientos de casos como este. Pero me da a mi la espina
que detrás de ese cadáver está ella.
- ¿Y a cuento de qué iba a hacerlo?
– contesté acentuando mi malestar como queriendo
mostrar a aquel muchacho que se estaba metiendo en un aprieto.
El camarero volvió a levantar la vista
al comedor para comprobar que nadie le escuchaba inclinando
sobre la mesa su delgado espinazo, esta vez con aparatosa notoriedad.
Era claro que al joven le sobraban los aspavientos.
- Ahí hay gato encerrado. Me da la vena
que esa mujer oculta algo. Se le ve en la cara que oculta algo.
- ¿Usted cree? – pregunté
simulando interés - ¿Y qué puede ser?
- Un amante – dijo casi en un susurro
Se me escapó un golpe repentino de tos.
- ¿De veras? – Dije.
- ¡Oh, bueno! Usted sabrá más
de eso, desde luego, pero yo tengo costumbre de mirar dentro
de las personas. Y me da a mi la espina que esa mujer esconde
algo.
- Nunca se deje llevar por las apariencias, muchacho
– le espeté molesto
-¿Dónde están las pruebas,
las pistas, las huellas? Hay que descubrir pistas, pruebas objetivas.
Un crimen no se apunta sobre la base de indicios. Hacen falta
datos razonables.
– Al terminar esa perorata advertí
en mi mismo un elevado tono de enfado.
- ¡Demonios! No quisiera ofenderle…-
Y al decir esto dio un paso hacia atrás ligeramente turbado,
como si hubiera traspasado sin avisar el vestíbulo de
una casa ajena. Un gesto ridículo, que dio un aire de
teatralidad a la escena.
- Las pruebas son la base de mi oficio –
respondí con sequedad
- Si buscara en el corazón de las personas
probablemente encontraría otro tipo de pruebas.
- La justicia no sabe de sentimientos, amigo
– repuse una vez más indignado - reclama pruebas.
Quise echar un bloque de hielo encima de aquel
pajarillo que aleteaba sus ideas sobre mi cabeza.
- ¿Qué dice la autopsia?
- Paro cardiaco.
- ¿Ve usted?
- Si. Pero insisto. Allí hay algo más.
El camarero entonces se despidió echándose
la capota encima sin asumir su derrota.
Mientras lo vi desaparecer del escenario, volvió
a sonar el móvil. Me acerqué una vez más
a comprobar la llamada y efectivamente, era ella, aquel endiablado
número otra vez. Aquello resultaba ya francamente fastidioso.
Visiblemente consternado, torné la vista a mi alrededor
para verificar si alguien estaba viendo lo que allí sucedía.
Me decidí a contestar
- ¿Luis? – era la voz de aquella
mujer - ¿Me oyes, estás ahí?
Me quedé sin pronunciar una palabra
- ¿Eres tu Luis? – Volvió
a repetir la mujer
- Lo siento, creo que usted y yo no nos conocemos…
- Luis – dijo la voz entonces con un largo
suspiro, como si hubiera dado por fin con la persona adecuada.
- Por el amor de Dios, donde te habías metido…
Decidí permanecer callado ante aquella
pregunta.
- ¡Luis! – replicó –
¡Deja ya de jugar al escondite…! Ya no puedo más.
Me acosan a preguntas. Todo el mundo busca un criminal. –
inquirió.
Aquella afirmación quedó colgada sin respuesta
de este lado del teléfono.
Colgué la llamada de forma decidida sin
ocultar mi congoja.
“Todo el mundo busca un criminal”.
Me quedé enmudecido al recordar aquella frase. Un hilo
de sudor frío fluyó entonces por los pliegues
de mi frente y sentí como me inundaba de culpa. ¿Tenía
que haber contestado? Esa llamada me comprometía. ¿Alguien
mas la habrá escuchado? Podría haber sido un cruce
fortuito. Una fatal coincidencia. Esas cosas ocurren. Son tantas
las compañías, tantos números, tantas las
altas y las bajas… Nadie podría asegurar que yo
conocía a esa mujer. En este oficio se ven muchas cosas
extrañas y paradójicas… “Todo el mundo
busca un criminal”. Así es. Así ocurre siempre.
Aparece un cadáver. Se abre una investigación.
Se realiza una autopsia y se descubre una causa natural. Sin
embargo todo el mundo busca un criminal. Un deseo morboso. Pero
lo importante no es buscar un criminal, si no hallar el móvil.
Sin el móvil no hay crimen y tampoco hay criminal. ¿Dónde
está el móvil? Tráiganmelo, enséñenmelo.
¿Por qué habría de matar una mujer? ¿Malos
tratos? Habría marcas, indicios. ¿Dinero? Habría
movimientos de cuentas, seguros de vida. ¿Un amante?
¡Encuéntrenlo! ¡Vamos! Encuentren a ese tercero.
Mientras no aparezca, no habrá crimen ni criminal. Sólo
una viuda desconsolada y sola. Así son estas cosas.
Llegó el camarero y dejó el café
con un diminuto saludo. Alcé la taza y me la llevé
a la boca. Antes de dejarla sobre la mesa calculé el
movimiento de mi brazo para que posara con suavidad en el centro
del pequeño plato. Sin embargo, un ligero temblor en
el pulso me hizo errar el tiro, y una gota de café se
derramó por el exterior de la blanca porcelana. Me disgustó
ese tropiezo.
Una vez más sonó el teléfono
y descolgué:
- ¿Luis? ¿Sigues ahí? ¿Me
oyes? – tras el auricular ella persistía en hablar
conmigo - Piensa en mi, en todo lo que habíamos planeado
juntos. ¿Es que ya lo has olvidado? Han encontrado ya
el cuerpo. ¿Tu crees que creerán lo del infarto?
¿Qué debo hacer? Tu sabes de estas cosas. Has
visto muchos casos como éste, Luis, por el amor de Dios,
dime algo, sé que me estás escuchando… No
habrá pistas, dijiste. No habrá testigos. Nadie
sabe lo nuestro. Llevo días esperándote. Respóndeme,
Luis, ¿Es que te ha ocurrido algo? ¿Es que no
estas bien? ¿Es tu úlcera?… Luis, ¿Me
escuchas…?
Javier Ruiz Núñez