EL PUBLICITARIO
A lo máximo que aspira
un buen publicitario es a grabar su mejor spot, y ganar ese
award que ponga la guinda en su carrera y la estatuilla en sus
brazos, la copa de Venecia, la Palma de oro de San Sebastián,
Hollywood, Cannes. Muchos dicen que el gran spot aparece después
de años de trabajo, pero ahora sé que no es así.
Cae como un bombazo, igual que cae el número de la lotería
en el bombo. Y esta mañana a mi es como si me hubiera
caído el gordo.
Son las siete de la mañana.
Mi mujer no ha llegado aún y mi hija ni siquiera me ha
dicho adiós cuando abrí la puerta de su dormitorio
para despedirme. Se ha conformado con mirarme con esa mirada
abstrusa que utilizan los hijos cuando miran a sus padres que
ni saben, ni quieren saber nada de ellos, esa mirada acuosa
que es como si planteara al destino una pregunta, ¿por
qué me has traído al mundo?, un interrogante que
queda erizado en el aire a esa hora tan temprana de la mañana
en la que mi cabeza solo está imaginando el gran momento
del día, estás entre los grandes.
Las siete y dos minutos de la
mañana. La hora de salir. Porque ahora sé que
lo tengo. Amarrado a la carrocería de mi coche. Por eso
hoy no es un día como otros. Por eso hoy salgo a la vida
tan exultante y magnífico, como un pistolero de fábula,
como si fuera mi último día sobre la tierra, a
ganar o perder la vida que eso da igual, pero a alcanzar la
gloria, que esa es sí que vale, como un bonzo, o un kamikaze,
entregando mi alma por el anuncio. ¿Qué es la
vida sin estar entre los grandes del anuncio? Nada. ¿De
qué vale la vida de un publicitario, si no es capaz de
entregarla toda entera a su película? De nada. Quien
sabe lo que es la vida y uno mismo, fuera de esa vida de anuncio.
Nada.
Las siete y cuatro minutos de
la mañana. Cojo las llaves del mostrador de la cocina,
me enfundo el abrigo, doy un portazo a la puerta y me lanzo
escaleras abajo en un movimiento uniformemente acelerado. Maquillado
con ese aspecto escogido de artista, patilla perfilada, raya
vertical en la perilla, abrigo de cuero negro, camisa gris perla
con cuellos largos y afilados, pantalón de piel ajustado,
deslizo la mano suavemente por el pasamanos, doy una vuelta
en el descansillo con emoción, sumo sacerdocio de la
representación, irradiación abnegada del artista,
porque la emoción siempre imprime carácter y llena
de luminiscencia a la escena, hasta alcanzar el portal. Qué
se es, si no se anuncia uno mismo a la vida con un brillante
fogonazo de artista. Y al llegar al vano luminoso de la puerta,
apunto la vista a la cámara sobre mi coche, que enfila
su óptica hacia mi, bien Sergi, lo tienes, plano abierto
a mi silueta. Salgo con precisión y maestría pisando
la intimidad de la calle, divina elegancia, y entonces todo
el clamor de la mañana se concentra en una nueva toma,
ineluctable modalidad de lo visible, brillo sobre mi rostro,
haz de luz en los párpados, tibio fulgor solar regocijándose
en esas dos cuevas entornadas, ahora un total corto al semblante
empapado por una cortina de humo solar. Un tipo de anuncio,
ese soy yo.
Las siete y siete minutos de
la mañana. Voy hacia el coche con ese invento anclado
a la vaca siguiendo mis pasos, dispuesto a alcanzar la máxima
cota de audiencia y popularidad. Pasos rotundos sobre la calzada,
ineluctable modalidad de lo audible. ¿Los oyes, Sergi?
Yes. El led. El micro. Lo oye todo. Tres, cuatro, cinco, seis.
Nada como la ficción. Me poso, por fin, rotundo junto
al lateral plateado del vehículo. Mirada nuevamente a
la cámara. Sonrisa angulosa. Bien Sergi. Eres Genial.
Hundo la mano en el bolsillo, para sacar la llave, ahí
no, en el abrigo, mano a la cerradura, giro, miro, tiro, con
suavidad seca y punzante, de la torcedura de muñeca,
del pulso del pulgar sobre la maneta, abro la puerta, habitáculo
de confort y de control, negro reluciente del salpicador, sitúo
las nalgas sobre el asiento, satisfacción plena y seguridad,
ajuste del cinturón. Hecho una mirada al espejo que es
como una ráfaga de luz en la oscuridad. Allí otra
cámara. Nueva toma a los ojos vidriosos. Hay algo que
no marcha en estos globos blancos. Me preguntó quien
es ese que anda detrás de esos ojos. No lo sé,
pero da igual. Qué más da quien sea, si lo importante
es la pantalla. Que me miren, que me crean, que me quieran,
y que hablen de mi y de este coche, un coche de anuncio, una
marca de anuncio, tipo de anuncio, ese soy yo, sentado a lomos
de la máquina populosa, sexo, deseo y pasión.
Y que se inventen una buena película con mi vida. Mirones
de películas. Eso somos. Y nosotros los publicitarios,
maestros de la ceremonia.
Son las siete y diez minutos.
Giro la llave de encendido, fina humareda destilada al aire
del escape del motor. Vuelco el brazo sobre el freno de mano
y piso el pedal del acelerador. Con un empuje sonoro que hace
que chirríen todos los neumáticos, emprendo marcha
hacia la autovía a luchar contra las colas y contra el
reloj, porque a esa misma hora, todos los trabajadores del mundo
unidos, cruzan sus vidas en una misma y alocada carrera contra
el tiempo, para alcanzar victoriosa su nueva esclavitud, la
gran M-40, la entrada ancha de Madrid, el gran canal donde todos,
amos y súbditos, igualan sus existencias.
Mientras el automóvil
gana kilómetros de carretera, reconstruyo la agenda que
tenía para ese día.
Martes, 10 de Noviembre. A las
9.30. Reunión con los Jefes de Sección de los
Departamentos. Claudia, la negra y Directora de cuentas. Es
una exécutif francesa de origen Guineano, que se la trajeron
a Madrid dicen, por que tiene un buen culo y un buen lío
con uno de los Socios de la Compañía. Enorme y
superlativa. La llaman la Estanquera de Fellini. Ríe,
come, bebe, fuma como una cerda ansiosa. Siempre a la avant-garde.
Del neofascismo, que por lo visto, es la vanguardia de moda
en Francia. Aunque es noir se cargaría a todos los moros,
fumigaría a todos los turcos y haría pointage
con todos los rumanos, pero nada para los negros, que c’est
mon affaire, y menos los afrancesados que son los neuf riche
de la moderne france, porque para eso procede de la rivière
droite del Sena, y para eso le gustan los discours de Le Pen
y por eso suelta los mitines como una boca de hormigonera. Y
también por eso, por ser tan facha y futurista, le da
un poco a todo, al acide, al alcool y la cocaína. El
primer tubo se lo pasó Gabi, el Jefe de Producción
y desde entonces ya no deja de menearse uno a diario entre sus
hocicos de orangutana.
Gabi, el product manager, hijo
descarriado de uno de los Socios de la Compañía.
Un experto en empezar y abandonar carreras. Se dice que ha picado
de todas las facultades desde Derecho hasta Teleco, y que en
ninguna de ellas ha durado más de un día, el día
de rellenar el sobre de la matrícula. Ahora, eso si,
dicen, el chico es una joya. Hostias. Un sucio mamón.
Un cabrón de película, que va por el mundo jodiendo
vidas y tías y echándose a los morros todas las
papelas. Y se las da de buen rollete. Y más que un buen
rollo lo que le gusta es montar un buen pollo a la que puede.
Por eso está ahí, dicen. Porque es el protegido
de la familia. No tiene ni idea de publicidad, no ha dado un
clavo en su vida, pero está ahí, manteniendo el
esquema de la familia. Será para eso para lo que le pagan.
Para mantener el puto esquema vital de la compañía.
Dora. La Directora de marketing.
Alta, delgada. Con un montón de degrees, merits, masters
y awards. Y lo dice con ese aire subido de londinense, y sus
stockings negras hasta la ingle y su skirt hasta las rodillas
y esos zapatos bruñidos de tacón, ese collar de
perlas a juego con los pendientes y esa risa de hiena neurótica,
y esas frasecitas de manual de públic relations de la
era de la Thatcher y esa manera de darle coba a los conceptos,
briefing, brainstorming, blockbuster, direct mail, trade marketing.
Dicen que es hija de un antiguo minister inglés y que
se vino a España después de un follón que
le montaron a su padre en el parlamento, por liarse con una
secretaria. Le montaron una buena campaña de descrédito,
y por eso, debe ser por eso que Dora trabaja aquí, porque
sabe cómo hacer que alguien la cague en una buena campaña.
Los temas pendientes. El programa de acciones publicitarias
para una conocida marca de dentífricos. Están
las ideas y conceptos, el buen aliento, la sonora blancura,
el brillante frescor, la amortiguación de la mancha,
la protección de la caries y la corrosión y esos
repetidos tocamientos, caricias, carantoñas de la mano
femenina hacia el tubo masculinizado de estaño, apropiación
fálica, desmedida y obscena del objeto. Pero el guión
está pendiente…de mi. Porque le falta, le falta…
–“Un claim con fuerza”–.
Me dijo hace ya días Claudia, con esa intensidad dramática
con la que siempre clava sus críticas. –“Una
campaña es un puñetazo en la cara. Y el claim
es ese puño que según como lo coloques acabará
jodiendo. ¿Entiendes, Zabala?”
Zabala, ese soy yo. Suso Zabala,
el Jefe de Arte y Creatividad. Que empezó como un niñato
de delineante en un cutre estudio de arquitectura y acabó,
ya lo ven, como un aspirante a la fama del anuncio publicitario,
en una de las mejores Agencias del mundo, con sede en Madrid.
Como buena Agencia de publicidad, tiene siempre un nombre rimbombante:
Sings y Asociados. Suso Zabala, ese soy yo. Aquí me tienen.
Con los pies en el acelerador a las siete y veinte de la mañana,
y tres cámaras fijas mirando su destino. Final apoteósico
para una vida de película.
A las 10.30, reunión a
solas en el despacho de la Presidenta de la Compañía,
para volver a estudiar las posibilidades de producción
de mi nuevo guión, para el anuncio de una conocida marca
de automóviles. A esa hora, tendría que entrar
en su enorme despacho de columnas y capiteles y allí,
probablemente, ella estaría ya inquieta y agitada, como
una perra ansiosa, dando tumbos de acá para allá,
con el móvil pendiendo de la oreja, haciendo gestos y
gritando órdenes al aire, uñas afiladas de tigresa,
melena acaudalada de ninfómana, tacones puntiagudos clavados
al suelo como un perverso aguijón. Y a mi, cuando ella
dice a solas, se me saltan todas las alarmas. Porque desde la
primera vez que la vi, deduje que sobre aquella fisonomía
desvariada, sobrevolaba siempre una estela de peligro. Y una
reunión con ella a solas podría acabar fácilmente
en una visita a solas a su ático de la Castellana, que
es como un salón multirracial, festivo y modernista,
desde el que dice que se ve entero todo Madrid y donde dice
que flota una cama de agua, una grifería original de
una película de Visconti y un jacuzzi que le regaló
Berlusconi. O acabar en una visita nocturna a todos los antros
destructivos de Madrid, que son como el estiércol nutritivo
del que crece la vida y el color perfumado de las flores, o
en un viaje a Venecia, capital de los sueños y del glamour,
donde las calles se han convertido en zigzagueantes senderos
de agua, que así de anárquica y autárquica
y emocional era ella, Silvia, siempre imprevisible, imposible
de contradecir so pena de ser expulsado de su sociedad aristocrática
de privilegiados. Así era Silvia Vilardebó, tripa
de acero con falda de cuero. Odio y amor, eso es lo que tengo.
Amor morboso y lascivo. De los que asustan, de los que queman,
de los que apuntan al sacrificio de lo prohibido.
–La publicidad –me
dijo la primera vez que le llevé un fólder, –es
como una hostia bien dada en toda la cara. ¿Entiendes
Zabala? Esto es una industria de seducción. Nos pasamos
la vida reestructurando y haciendo re-engineering, pero lo que
hay que hacer es crear un acontecimiento único que genere
conmoción. ¿Entiendes Zabala? Si no entiendes
la filosofía de nuestro negocio, nunca llegarás
a lo mas alto, nunca tendrás el spot que tanto buscas,
y no dejaras de ser ese delineante que eras cuando te recogimos
de aquella mierda de despachito de Móstoles, ¿O
es que no te acuerdas, cielo?
Así hablaba Silvia Vilardebó,
la Presidenta de la Compañía. Que siempre alardeaba
de haber hecho su Carrera de Publicidad en Los Ángeles
y luego haber trabajado en una Agencia de Tokio para acabar
en Barcelona, donde montó su primera oficina y cuyos
éxitos hicieron que la Cadena Signs y Asociados se pusieran
en contacto con ella para montar una filial allí, en
la ciudad Condal. Y allí tuvo la fortuna de convivir
con lo más selecto de la modernidad catalana, Dau Al
Set, Brossa, Cuixart, Tàpies, y a base de mucho medrar,
y de mucho pisar fuerte en los despachos, de mucho pegar fuerte
en los teléfonos, la mandaron después a Madrid
para, continuar, decía, la expansión por toda
la península y que el know how y el savoir fair de Signs
y Asociados se extendiera por toda la villa. Y aquí en
Madrid creció su imperio.
Así hablaba ella, Silvia,
aunque algunas veces le daba por ponerse maternal. Y hablar
de su pequeño Rober, su hijo, en honor de su ídolo
cinematográfico, el gran Redford, del que decía
que no tenía mucho talento, pero que era el rostro más
cinematográfico de Holywood
–Ojalá algún
día pudiera filmar con él algún anuncio.–Decía.
El pequeño Rober, que
andaba mal en todo desde que nació, desde el mismo día
en que lo sacaron del vientre de su madre, dos meses antes de
lo que la biología obliga, y creció como una criatura
inoportuna, al amparo y al calor de una incubadora de hospital,
mientras su madre viajaba por el mundo conquistando awards.
Pero nunca se arrepentía de ese error, de esa decisión
tan a las claras inconveniente de traer a aquella víctima
al mundo sin dejar que su padre hiciera una mierda por él.
–¿Fede? –
decía ella – ¡Jamás sería un
buen padre!
Por eso no quiso volver a saber
nada más de él, hasta que un día se enteró
que sacó una plaza como administrativo en el ayuntamiento
de Torrelodones.
–Ya sabía yo, –decía
–que acabaría pudriéndose como un funcionario.
Y ahí lo tienes. Rellenando expedientes, en una mesucha
de un ayuntamiento de mierda.
Por eso ella asumió aquella
carga incómoda de forma autónoma e independiente,
consciente de que una mujer sola, bien podía hacer de
madre y hasta de abuela si hiciera falta. Y desde entonces el
pobre Robert creció siempre arrinconado a golpe de indiferencia
y teléfono.
A las 11.00, reunión de
creativos para fijar las líneas maestras de la imagen,
la forma, la plástica y la estética, de la próxima
campaña de una marca de colonias. Pero más que
eso, esa reunión era el espacio exclusivo, para que ella,
la Presidenta, montara su representación, exhibiera en
toda su dimensión, la extensión y amplitud de
su talento, y mostrara su lado más excéntrico,
una escenificación alocada y aparatosa de su personaje,
a golpe de rallas de blancura inhaladas por un tubo de cartulina
e histerismo. Allí, en ese rictus orgásmico, reunión
de la forma y de la escena, ella le daría a la rueda
de la idea y el concepto, para ahondar en el trasfondo de su
teoría y su sistema. –¿Qué es la
comunicación? –Diría– Como un gol.
Y ¿qué es un gol? –Diría– La
sublimación de la comunicación. ¡Como mil
rayas de coca llenando el cerebro de una persona! El gol es
el afamado aplauso que busca todo publicitario. En el gol se
concentran miles y miles de aplausos, en un solo instante, en
un solo segundo, formando un todo redondo y un conjunto. ¿Hay
algo más contundente, más excitante, que ese resorte
por el cual miles de personas estallan juntas en un poderoso
aplauso? No creo que exista nada igual a ese estallido sublime.
Esa es la máxima expresión de nuestro deseo. La
verdadera esencia de la creación. –Diría.
Y no solo era lo que decía, sino cómo lo decía,
el ansia, el ritmo, el tono, el timbre, la voz, el impulso,
la emoción, la forma hilarante de hablar, de gesticular,
la forma encendida de provocar, llena jubilo y de exaltación.
Porque donde un buen publicitario se emplea más a fondo
es en la venta de uno mismo, algo que nadie enseña en
las escuelas, ni en los institutos de la imagen, ni en las academias
de arte y creatividad, pero que se aprende por contagio, a fuerza
de ver películas en la cara de los demás, y en
eso, ella, Silvia Vilardebó era una experta, la mejor,
por eso estaba donde estaba, y para eso estaba esa fecha, ese
día y esa hora en el calendario, la reunión donde
todos los estetas y creativos de la compañía se
agrupaban en una misma sala, para rendir un culto fanático
a su satánica personalidad. El guión pasa de jefes
a súbditos y de súbditos a mas súbditos
hasta que toda la compañía llega a acumular un
grado de cinematografía espectacular, que se trasmite
de unos a otros de forma simpática.
Son las siete y media. Delante de mi una pequeña furgoneta
blanca. Su lentitud, me pone nervioso. Inclino la cabeza sobre
la rasante. Miro al exterior. Coches y coches volcando su velocidad
por el lateral. Vuelvo la vista otra vez al fondo cuadrado de
la furgoneta. Lleva pintado un cartel con letras góticas
de color rojo, envueltas en una nubecilla azulada con una gallina
dibujada. "Pitas, pitas". Decía el rotulo.
Una publicidad sencilla. Eficaz, para una granja de pollos.
A qué pedir mas. Giro un poco el volante hacia la izquierda
para mirar al conductor. Un hombre de pelo blanco, feliz y sonriente.
Hace mucho que no veo a alguien así. Ni sé lo
qué es vivir en ese estado de sencillez bautismal. "Pitas,
pitas".
Y yo con mi vida truncada en
mil pedazos, por el efecto de un cañonazo. Esa si que
es una hostia bien dada, Silvia. ¿Cuándo fue la
última que las vi? Ayer. Sorbiendo sus babas de una misma
botella. Glu, glu, glu. Mi mujer. Quien lo diría. Tantos
años tragando la saliva de esa lasciva. Y yo, ya me ven,
royendo los restos carnosos de ese hueso. Infamia, ignominia.
Chorro de sudor frío en la frente, en la sien y en el
filo superior de los labios. Pero para eso estoy aquí.
Sentado en un universo de cuatro ruedas, con tres cámaras
en lo alto cacareando la escena. Final de anuncio. Eso soy yo.
Y arriba, en la vaca de este nuevo BMW, una cámara, con
una óptica de ensueño. Otra cámara me mira
directamente a la cara desde el espejo retrovisor. Captará
hasta el ultimo pliegue del instante súbito. Otra más
en el parachoques, efectista y frontal. Y allí, en el
estudio, Sergi, el informático, con su cuerpo de teniente
de infantería, su mirada risueña y su inocencia
pueril, grabando toda la secuencia en un espasmódico
directo.
Ayer le conté la película
y le encantó. Pero no le dije todo. Sólo lo suficiente
como para que aceptara gustoso. Él no era de esos que
mira la vida con saña.
–Sergi. Será tu
consagración. ¿Te imaginas? Cogiendo el Premio
del Festival Publicitario de San Sebastián. ¿Te
imaginas? Pones una entradilla de Tannhauser con un final de
las walkirias, y al terminar, –le dije,– montas
un buen pack-shot.
Pobre Sergi. Ni se imagina lo
que esas cámaras iban a rodar. Una película que
pasará a los anales de la historia del publicitario.
Miro hacia adelante otra vez,
un trailer circula frente a mi. Lo veo aún lejos, con
sus potentes faros encendidos, y a la luz escasa de la mañana,
contemplo como avanza solitario, como un espectro, con el fulgor
de las cuatro ruedas exudando su llanto exánime y fantasmal
a todo lo largo de la carretera. La furgoneta, "Pitas,
pitas", sigue delante de mi. Recuerdo vivo, fulminante,
de toda la película de mi pasado, de lo que he sido,
de lo que ya no soy y de lo que ya nunca seré. De todo
lo que dejo atrás. Vida famélica y esquelética.
Como un brillo trémulo y turbio, el camión se
arremolina frente a mi. Giro brusco al volante. A la izquierda
su morro macabro se adueña de mi existencia de un horrible
zarpazo. Arriba esa cámara. Frente a mi la otra cámara.
Toma explosiva. Ganaré el Festival. En un instante un
bocinazo, ráfagas de faros en la cara, crujido estruendoso,
cristales partidos, metales arañados. Ahora si lo he
perdido todo. Pero queda esa gran película. El mejor
spot.
Javier Ruiz
Núñez